lunes, 21 de enero de 2008

El silencio de los corderos

El otro día leía cómo fueron asesinados dos franciscanos conventuales en Perú, a manos de terroristas de Sendero Luminoso. Los ideológos de la organización les habían lavado el cerebro convenciéndoles de que la religión es el opio del pueblo y que los curas son agentes del imperialismo. No les importó que aquellos dos jóvenes misioneros se hubiesen consagrado al Señor renunciando a formar una familia, que hubiesen abrazado una vida de pobreza, que hubiesen dejado todo a miles de kilómetros de allí para dedicarse a servir al pueblo, de que, aparte de anunciar el evangelio con la vida y la palabra, se dedicaran a promover a las mujeres, a atender a los enfermos, o a paliar en la medida de lo posible las carencias de alimentos o de ropa. Es más, tanto les molestaba que repartiesen alimentos a los más necesitados, que la noche que se los llevaron para matarlos volaron con explosivos el almacén de Caritas.
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Testigos de lo sucedido fueron una religiosa, un grupo de jóvenes y otros miembros comprometidos de la parroquia, y todos sus testimonios concuerdan en una cosa: Miguel y Zbigniew no opusieron ninguna resistencia. Como corderos llevados al matadero, de sus bocas no salió una protesta, ni un reproche. Se dejaron maniatar y llevar en sus propios coches al lugar del suplicio. Sabían que Sendero actuaba en la zona, sabían que sus vidas corrían peligro, podían haber escapado de allí, pero prefirieron quedarse, porque eran conscientes de que el pueblo los necesitaba. La noche que fueron a buscarlos a la parroquia, Zbigniew estaba curando la herida de una niña. Le avisaron, pero él respondió: "¿Y qué tengo que hacer? Seguir".
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Por increible que parezca, el Cordero de Dios sigue teniendo seguidores, hoy como ayer. Si él fue llevado al suplicio de la cruz sin abrir la boca, hoy sigue habiendo discípulos suyos que lo siguen fielmente por el mismo camino. Lo mismo que hace 18 siglos, cuando una niña indefensa de 12 años, Inés, fue martirizada en Roma por no querer renegar de su fe. El nombre de esta mártir, cuya fiesta celebramos hoy, viene de Agnes, femenino de Agnus; significa "cordera", digno nombre para quien sacrificó su vida por amor de Aquel que entregó su vida por amor nuestro.
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Y me ha llamado mucho la atención la primera lectura de hoy, porque en ella se cuenta cómo el profeta Samuel, en nombre del Señor, reprocha a Saúl no haber exterminado a los enemigos, y haber permitido que sus hombres recogieran el botín. Saúl trata de justificarse, alegando que parte de los ganados arrebatados al enemigo fueron sacrificados al Señor, pero la justificación no es aceptada: la obediencia vale más que mil sacrificios, responde el Señor por boca de Samuel. Es lo mismo que decía el salmo responsorial de ayer: "Tú no quieres sacrificios ni ofrendas..., en cambio me abriste el oido. Entonces yo dije: Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad". Es lo que hizo Jesús: "Padre, que no se haga mi voluntad, sino la tuya".
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Cristo se dejó arrastrar a la cruz como un cordero mudo. El "Siervo de Yavé" no abrió la boca, porque entendía que esa era la voluntad del Padre. Por eso, sus últimas palabras en la cruz no fueron sino estas: "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu". Los que siguen al Cordero imitan su ejemplo: callan y, como mansos corderos, ofrecen sus manos y su cuello a los verdugos, y se ponen en las manos de Dios, porque saben que es el momento de dar el supremo testimonio (=martirio, en griego) de la fe el Cristo y de la caridad hacia los hombres.
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Si hay algo que me admira de los mártires es la gran fortaleza y serenidad que demuestran en el momento supremo de entregar su vida. No creo que nadie sea capaz de algo así, si Dios no les concediera la gracia de permanecer en paz. Estoy seguro de que el Señor, de alguna manera, los prepara y les anima haciéndoles sentir su presencia. Porque la renuncia a la propia voluntad y la entrega de la propia vida es el mayor testimonio que un cristiano puede ofrecer al mundo, mucho mayor que mil discursos, mucho mayor que mil actividades pastorales, mucho más que mil esfuerzos y compromisos. Por eso se dice que la sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos.
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¿Quiero decir con eso que para ser verdaderos seguidores de Cristo hay que ser mártires? Sí y no. Porque lo importante no es el martirio, sino que se cumpla en nosotros la voluntad de Dios. Y la voluntad de Dios es que estemos dispuestos a sacrificar y entregar diariamente nuestra vida, soportando pacientemente todas las pruebas y tribulaciones por amor del Señor y por amor al prójimo.
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Francisco de Asís lo entendió perfectamente. A un hermano que le preguntó si soportaba mejor su larga y penosa enfermedad que un violento martirio, le respondió: "Para mí, lo más deseable, dulce y agradable ahora y siempre es que se haga en mí lo que más agrade al Señor. Sólo deseo estar de acuerdo con su voluntad y cumplirla, aunque sólo tres días de esta enfermedad me resulten más duros que cualquier martirio. Y no lo digo pesando en el premio, sino por las molestias que trae consigo".
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Que el Señor te bendiga con su paz.

jueves, 17 de enero de 2008

San Antón el de los bichos

Hoy la Iglesia hace memoria de un santo que, como San Francisco, es famoso por su relación con los animales. Hablamos de San Antonio Abad (251-356), el fundador del monaquismo, en cuya vida se mezcla lo real con la leyenda. Su patronato sobre los seres irracionales se basa en algunos episodios legendarios, como el que nos cuenta que, al ir a visitar a Pablo el Simple, anacoreta de la Tebaida, el cuervo que alimentaba a éste con un pan diario, recibió a Antonio con dos hogazas. También se cuenta que, a la muerte de Pablo, Antonio lo enterró con ayuda de dos leones. Asímismo, se dice que curó de la ceguera a unos jabatos que le presentó una jabalina con mirada suplicante. Por último, habiendo sido Antonio un hombre que consiguió dominar las más fuertes tentaciones, en la iconografía tradicional se le representa con un cerdo a sus pies, como símbolo del demonio domado y sometido.
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Fueron esas leyendas las que convirtieron al abad Antonio de Egipto en un santo muy popular y relacionado con los animales. Durante muchos siglos, el día de su fiesta ha sido la ocasión para que los campesinos le encomendaran a él el oficio de bendecir sus animales domésticos: ovejas, cabras, vacas, asnos, bueyes, gallinas, conejos... Hoy, cuando, debido a la drástica disminución de la población dedicada a las tareas agrícolas y ganaderas parecía que esa devoción popular estaba condenada a desaparecer en las sociedades industrializadas, la devoción por el patrón de los animales vuelve a resucitar gracias a los animales de compañía. En muchas ciudades hoy se celebran misas que concluyen con la bendición de perros, gatos, conejitos de indias, pájaros, tortugas, poneys y otros más exóticos, como serpientes, tarántulas, camaleones, y toda clase de bichos. Pero no preguntemos a nadie por qué encomiendan sus mascotas a ese santo, pues no sabrán qué responder.
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Puesto que detrás de cada leyenda hay siempre un fondo de verdad, es posible que el fundador del monaquismo profesara algún afecto especial por los seres irracionales. Me parece, sin embargo, muy triste, que la ignorancia popular, tan amante de las fantasías y mitos, convierta en veterinario celestial a alguien como Antonio, relegando al rincón del olvido lo más importante de su vida, que fue su ejemplar conversión y su vida evangélica.
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La conversión de San Antonio Abad nos recuerda a la de Francisco de Asís. De joven perdió a sus padres, por lo que tuvo que hacerse cargo del patrimonio familiar y de su hermana más pequeña. A los 20 años oyó en la iglesia en evangelio donde Jesús dice: "Si quieres ser perfecto, vende lo que tienes, dalo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo". Antonio decidió ponerlo en práctica a la letra. Abandonó sus riquezas, dejó a su hermana al cuidado de unas monjas, y se retiró al desierto, a llevar una vida anacoreta de contemplación y penitencia. Con el tiempo se fue extendiendo la fama de sus virtudes y pronto se convirtió en maestro para muchos, que se fueron uniendo a él, hasta formar una gran comunidad de anacoretas. La "Vita patrum" o Vida de los Padres del Desierto es una especie de florilegio que ha alimentado la espiritualidad de muchas generaciones en la Iglesia, hasta tiempos recientes, y en ella se inspiraron Francisco y sus compañeros en sus primeros años de Rivotorto y La Porciúncula.
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¡Qué triste me parece que la ignorancia popular haya convertido un testimonio tan grande de vida evangélica comprometida en una folclórica feria de los animales! ¡Qué bueno sería, en cambio, si los creyentes nos tomáramos en serio la vida, los ejemplos y las enseñanzas evangélicas de San Antonio Abad, en una época como la nuestra, en la que nos vemos sometidos, como él, a fuertes tentaciones que nos llueven de todos lados. Hoy el mundo no necesita santos-veterinarios. Lo que necesita son santos-modelos de vida auténticos, como Antonio Abad o Francisco de Asís. Santos que nos guíen por los difíciles caminos de la fe hacia la santidad perfecta.
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Que ellos nos ayuden con su intercesión, porque nosotros, animales supuestamente racionales, somos los más necesitados de sus bendiciones.

domingo, 13 de enero de 2008

Francisco de Asís no fue un ecologista


A nadie le sorprenderá que los ecologistas hayan escogido a San Francisco de Asís como su santo patrón. En dos mil años de historia no ha ha habido en la Iglesia otro santo o creyente que haya amado tanto como él la madre tierra y todas las cosas creadas del universo. Por citar un ejemplo, baste decir que Francisco le tenía dicho a sus hermanos que cuando fuesen a cortar leña jamás arrancaran el árbol o arbusto de raíz, para que pudiera seguir viviendo. De sobra es conocido su amor por los pájaros, su admiración por las flores, y su delicadeza no sólo con todo lo que se mueve en este mundo, sino también incluso con los seres inanimados. San Francisco, sin embargo, no fue un ecologista en el verdadero sentido de la palabra, y voy a explicar por qué.
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Sabemos que el ecologismo actual nació en los años sesenta del siglo pasado, a partir de una nueva conciencia respecto al planeta que todos habitamos. El crecimiento demográfico, la generalización del uso de los motores de explosión a base de combustibles fósiles y la falta de control en los procesos de transformación de los productos industriales habían hecho irrespirable el aire de muchas ciudades y regiones, y algunas personas más sensibles empezaron a percibir el gran peligro que entrañaba la contaminación del planeta, nuestra casa común. Ecología deriva precisamente de la palabra griega "oikos", que significa casa.
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El problema se ha ido agravando con el tiempo, pues aquel proceso de crecimiento demográfico e industrial de los años sesenta sigue imparable y, aunque aún no esté demostrado del todo, muchos atribuyen a dicho fenómeno el cambio climático actual. La razón de ser principal del movimiento ecológico actual es, por tanto, salvar el planeta y sus equilibrios naturales de la continua agresión humana. Y se actúa, sobre todo, por aquel instinto innato de supervivencia que cada persona llevamos dentro.
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Si lo miramos desde ese punto de vista, Francisco de Asís no fue un ecologista. En su tiempo no existía la contaminación, ni había conciencia de cambio climático, ni la naturaleza estaba en peligro. Lo que a él le movía no era el espíritu de supervivencia personal o de la especie humana, sino algo más trascendente, como es la fe. Francisco era un hombre de fe profunda, con una fe de esas que mueven montañas. Creía en el Dios creador del que se habla continuamente en las Escrituras. Y no compartía, por supuesto, el pesimismo de las herejías cátaras que tanto éxito tenían en su tiempo entre la clase burguesa, a la que él pertenecía. Creían los cátaros en el dualismo maniqueo, según el cual Dios había creado las cosas espirituales, y una especie de anti-dios, el diablo, habría creado las cosas materiales. Las consecuencias de esta doctrina eran que que había que salvar el alma, que el cuerpo era una cárcel y un enemigo del espíritu, que había que abstenerse de comer carne y de las relaciones sexuales, que todo lo material era despreciable...
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En contra de ese pesimismo, y plenamente de acuerdo con la fe católica, Francisco entendió las cosas de otro modo: Dios es bueno, es el creador de todo (lo material y lo espiritual), todo lo hizo bueno, hizo la creación y la puso toda en manos del hombre, su criatura más perfecta y amada... En realidad lo que Francisco hizo fue llevar a sus últimas consecuencias dicha doctrina. Su razonamiento era este: si el Dios que nos ha creado a nosotros ha creado también las cosas de este mundo, todo lo que existe a nuestro alrededor tiene un origen común con nosotros, y todas las criaturas son hermanos y hermanas nuestras, porque tenemos un mismo origen.
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Hay, sin embargo, otra razón no menos importante que justifica el gran amor de Francisco por las criaturas. Porque sabemos que Dios, según la Carta a los Hebreos, nos ha hablado a los hombres, es decir, se ha comunicado con nosotros, muchas veces y de muchas maneras desde los tiempos antiguos, antes de que el Verbo, su Hijo único, su Palabra eterna, se hiciera carne y plantara su tienda entre nosotros. Una forma de sus formas de hablarnos ha sido mediante la Escritura. Pero la Escritura, cuando quiere desvelarnos algo del misterio de Dios, recurre muchas veces a imágenes tomadas de la naturaleza. Pues bien, de acuerdo con eso, Francisco ama a las criaturas no sólo porque son sus hermanos y hermanas, sino también porque todas ellas, unas más que otras, le hablan de Dios y le recuerdan a su Hijo Jesucristo hecho hombre y muerto en la cruz por amor a nuestra pobre humanidad víctima del pecado.
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Sólo desde el amor a Cristo encarnado se puede comprender al amor de Francisco por las criaturas. Como cuentan sus biógrafos, cuando ayudaba a los gusanos a cruzar un camino para que nadie los pisara, lo hacía porque le recordaban a Cristo, de quien dice la Escritura: "Soy un gusano, no un hombre". Si se conmueve a la vista de un cordero en medio de un rebaño de cabras, es porque le recuerda a Cristo en medio a los escribas y fariseos en el sanedrí. Si camina con cuidado sobre las piedras, es porque recuerda que Cristo es la "piedra angular" del edificio de la Iglesia que formanos todos los bautizados. Y si alaba al Señor por el hermano sol, es porque éste lleva de él significación. Y así podríamos seguir con tantas otras criaturas animadas o inanimadas que forman parte de este maravilloso universo, que no es sino un reflejo de la gloria, del poder y de la bondad de Dios por nosotros. Sin olvidar también que, por encima de todo, Francisco amaba de manera especial a las personas humanas, por haber sido creadas "a imagen y semejanza" del creador..
¡Ojalá la humanidad entendiera esa gran diferencia entre la ecología moderna y el interés de Francisco por las criaturas! Pero, sobre todo, ¡ojalá aprendiera a ver el universo entero como lo que es: un conjunto de criaturas de Dios que nos hablan de sus perfecciones y de sus maravillas! Seguro que nos volveríamos mucho más respetuosos no sólo con el medio ambiente, sino también con nuestros hermanos los hombres, especialmente los pobres y enfermos, por ser los que más nos recuerdan a Cristo pobre y crucificado.

jueves, 10 de enero de 2008

¿Quién es mi prójimo?


Este bello cuadro de Vincent Van Gogh está inspirado en la parábola del Buen Samaritano, que solamente podemos leer en el evangelio de Lucas 10,25-37: "Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto. Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. Y lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio: al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. Pero un samaritano que iba de viaje llegó a donde estaba él y, al verlo, le dio lástima, se le acercó, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino y, montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó. Al día siguiente, sacó dos denarios y, dándoselos al posadero, le dijo: Cuida de él y lo que gastes de más yo te lo pagaré a la vuelta".
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Jesús contó esta parábola para responder a un letrado que le había preguntado, con intención de ponerlo a prueba, qué tenía que hacer para heredar la vida eterna. Jesús le había respondido con el primer mandamiento del Decálogo: "Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con todo tu ser", añadiendo: "y al prójimo como a ti mismo".
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En realidad, Jesús le había resumido en pocas palabras la Ley de Dios, que en el Antiguo Testamento aparece muy desmenuzada en pequeños y grandes preceptos. Pero el letrado parecía no haber entendido bien, y pregunto: "¿Quien es mi prójimo?".
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La parábola empieza como un hecho de crónica de sucesos: un viandante es agredido por unos delincuentes que le roban todo lo que lleva y le dan una paliza, hasta dejarlo medio muerto. Es algo que pasaba en tiempos de Jesús y que sucede en nuestros días. Nada ha cambiado al respecto. Como también sucede hoy, igual que entonces, que haya personas que al ver a alguien malherido sigan su camino, ya se por miedo, ya por no comprometerse. Jesús con la parábola nos enseña que nuestro prójimo que tenemos que amar es todo aquel que a diario, en cualquier circunstancia, se cruza en nuestro camino.
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Llama la atención en la parábola que los que pasan de largo sean un sacerdote y un levita, y que el único que se detiene a ayudar al malherido sea un samaritano. Los judíos no se hablaban con ellos y los despreciaban porque, según ellos, no vivían la fe con la misma pureza que ellos. Pureza formal, por supuesto, pero no de corazón.
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Ya sé que en un mundo tan materializado como el nuestro parece que no hay más desgracias que las enfermedades y las violencias físicas o el hambre o la muerte del cuerpo. Pero en tiempos de Jesús y durante muchos siglos después, hasta nuestros días, los verdaderos creyentes han entendido que los males espirituales son peores que los materiales, e incluso muchas veces son aquellos males los verdaderos causantes de estos. Por eso la parábola hay que leerla también en clave espiritual.
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Eso es lo que me gustaría destacar aquí, porque una lectura precipitada de la parábola no nos permite captar toda su riqueza de contenido. En ese sentido, el hombre que baja de Jerusalén a Jericó atravesando el desierto podría representar, por ejemplo, a la humanidad entera, que peregrina por el desierto de esta vida, en medio de mil peligros que acechan. Y no son menos peligrosos que unos ladrones violentos la tentación, el pecado y el mal, que pueden dar muerte a nuestra inocencia y a nuestra dignididad de hijos de Dios, hechos a imagen y semejanza suya.
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Es por eso que Dios, no puede permitir que sus hijos amados, es decir, toda la humanidad, mueran espiritualmente. Por eso nos ha enviado a su Hijo predilecto, que ha tomado nuestra condición para hacerse nuestro prójimo y compadecerse de toda miseria humana. Él es, como se ha creido siempre en la Iglesia, el buen samaritano que sale a nuestro encuentro para vendar nuestras heridas con el aceite de la compasión y el vino de su sangre. Él es el que nos deja bajo los cuidados de su Iglesia (el posadero), a la que ha dado la misión de seguir curando a la humanidad de todos sus males, hasta que él regrese con su paga. "Como el Padre me ha enviado, así os envío yo", dijo Jesús a los suyos al despedirse, antes de su regreso al Padre. Es por tanto la Iglesia entera y cada uno de nosotros, sus miembros, quienes debemos imitar a Jesús nuestro maestro, y ser los buenos samaritanos que el mundo necesita, no sólo para atender a los enfermos físicos o dar de comer a los hambrientos de pan, sino para compadecerse de toda miseria humana, empezando por el pecado, y continuando por la ignorancia de Dios, la vida sin sentido, todas las esclavitudes físicas y morales, y tantas heridas del corazón por falta de afecto.
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A ti, amigo o amiga que lees esto, te recomiendo que medites bien esta parábola y procures sacarle todo su jugo, para comprender el gran amor que Dios nos tiene, y el gran amor que nosotros debemos tener por nuestros prójimos, si es que queremos ser imagen y semejanza suya, y si queremos poner en práctica nuestra vida el primero y principal mandamiento.
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Paz y bien.

miércoles, 9 de enero de 2008

Cordero y pastor en el altar...


Redundando en el tema de ayer (Pastor, cordero y pan), gracias a un amigo he descubierto estas antiguas "Letrillas para cantar al Stmo. Sacramento", cuyo autor desconozco, donde con otras palabras, mejor elaboradas y más poéticas que las mías, a Jesús se le llama expresamente, y entre otras cosas: "Pastor, Cordero y Pan", y "Pan nacido en Belén".
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Altísimo Señor
que supisteis juntar
a un tiempo, en el altar
ser Cordero y Pastor:
quisiera con fervor
amar y recibir
a Quien por mí quiso morir.
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Cordero celestial
pan nacido en Belén,
si no te como bien
me resultará mal;
sois todo piedra imán
que arrastra el corazón
de quien os rinde adoración.
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Recibe al Redentor
en un manjar sutil
el pobre, el rico, el vil,
el esclavo y el señor.
Perciben su sabor
si con alma buena van;
porque si no,
en vano comen este pan.
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Venid hijos de Adán
a un convite de amor
que hoy nos da el Señor,
de solo vino y pan;
mas de tan dulce sabor,
de tal gracia y virtud
que sabe, harta y da salud.
(sabe riquísimo
deja saciado
y da una salud celestial)
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Sois muerte al pecador
que no os quiere recibir
o que os recibe mal;
dais el vivir
con fino y tierno amor.
Oh inefable Señor
que en un mismo manjar
sabéis la vida y muerte dar.
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Es Fuego abrasador,
Pastor, Cordero y Pan,
Esposo, Rey, Galán,
Dios, hombre y Redentor.
Prodigio tal mayor
no cabe hallar
ni que nunca-jamás puedas soñar.

martes, 8 de enero de 2008

Pastor, cordero y pan


Litúgicamente la Navidad no termina hasta el domingo que viene, con la celebración del Bautismo de Jesús, aunque las lecturas de estos días nos van introduciendo ya en los comienzos de su vída pública. Por eso he pensado que sería bueno preguntarse por qué el Hijo de Dios y de María nació en Belén, y no en Nazaret, por poner un ejemplo. La respuesta no es una sola, porque Dios, con su providencial sabiduría, ha hecho que esa pequeña población de Judea esté llena de mensajes y de referencias interesantes a la personalidad y a la misión del Niño que tenía que nacer allí "al llegar la plenitud de los tiempos" (Gal 4,45).
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En primer lugar tenemos la conocida profecía de Miqueas : "Y tú Belén, tierra de Judá, no eres la menor entre las aldeas de Judá, pues de ti saldrá un jefe que será el pastor de mi pueblo Israel" (5,1). Esta profecía claramente mesiánica nos recuerda que en aquella pequeña aldea nació un pastor llamado David, hijo de Jesé, que se convirtió en el jefe y rey de todas las tribus de Israel. Si el ángel Gabriel había anunciado a María que el hijo que nacería de ella iba a recibir de Dios "el trono de David, su padre", ¿qué mejor lugar podría escoger para su nacimiento, sino la pequeña ciudad de Belén?
Pero el significado del nacimiento en la ciudad de David no se agota ahí. Podríamos preguntarnos, además, por qué Jesús tuvo que nacer en un establo. ¿Acaso no había lugares mejores y más cómodos en Belén? Muchos dirán, basándose en el relato de San Lucas, que fue por motivo de pobreza, y "porque no había lugar para ellos en el albergue", y es cierto. El hijo de Dios, desde un principio, eligió la pobreza extrema; quiso entrar en el mundo por la puerta trasera, como la mayoría de los mortales, humildemente y sin hacer ruido. Pero hay algo más: el establo de Belén donde nació Jesús debía de ser un establo de ovejas; y en los establos de ovejas es donde suelen nacer los corderos. ¡Qué lugar mejor podía escoger para nacer quien estaba destinado a ser el "Cordero de Dios que quita el pecado del mundo", como dijo de él Juan el Bautista!
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Escribe San Lucas que María "dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en el albergue" (2, 7). En realidad no se dice "pañales", sino "fajas", como se se solía hacer no sólo con los recién nacidos, sino también con los difuntos al ser sepultados. De una manera velada, el evangelista nos está ya anticipando, desde el principio, el sacrificio, la muerte y sepultura de Cristo, como condición necesaria para la salvación de la humanidad. Y el mismo mensaje se esconde también en las palabras del ángel a los pastores: "«No temáis, pues os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor; y esto os servirá de señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre" (2, 10-12).
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Otro detalle que no se nos puede escapar es el del pesebre. Un pesebre es un comedero para animales. La tradición ha representado siempre en el nacimiento de Jesús a dos animales: una mula y un buey. Este detalle, que no está en los evangelios, se basa en una profecía de Isaías, cuando reprocha a Jerusalén la rebeldía contra su Dios: "Conoce el buey a su dueño, y el asno el pesebre de su amo. Israel no conoce, mi pueblo no discierne" (1, 3). Pero lo importante es el hecho de que Jesús sea depositado en el pesebre, porque, en el fondo, se nos está diciendo que él viene como alimento para saciar con su cuerpo y con su sangre a los que tienen hambre y sed de justicia, de paz, de verdad y, en definitiva, de Dios. Encontramos, pues, en Belén, una velada referencia Eucarística que podríamos expresar así: Cristo es el Cordero de Dios que viene para ofrecer al Padre el Sacrificio de su cuerpo y sangre por los pecados de la humanidad, pero también para ofrecerlo como pan de vida y bebida de salvación para cuántos creen en él.
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Y para mayor confirmación de esto último, no hay más que buscar el significado del nombre de Belén: Bet-lehem: "Casa del Pan". No pudo encontrar mejor lugar para nacer quien se presentó a sí mismo como "el Pan de vida".
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Amigo o amiga que lees esto: ya ves cuánta riqueza de contenido podemos sacar de cualquier palabra o detalle de la Escritura. Por eso te recomiendo que te acostumbres a leerla no de prisa, quedándote sólo en la superficie, sino profundizando en cada detalle, porque nada está escrito porque sí, porque en cada detalle hay un mensaje escondido que el Señor quiere que tú descubras, para comprender la altura, la anchura y la profundidad de los planes que Dios ha preparado desde antes de la creación del mundo, pensando en nosotros y en nuestra salvación.
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Te deseo paz y bien.

lunes, 7 de enero de 2008

Contemplar el silencio de Dios


Se acabaron la Nochebuena, la Nochevieja, Santa Claus y los Reyes Magos, el arbolito y los regalos: puro jolgorio, diversión y consumo para unos, y días de fe gozosa y de meditación contemplativa del misterio de Dios que se hace uno como nosotros, para otros. ¡Como no alegrarse, sabiendo que el Hijo de Dios, su Palabra eterna, se ha fijado en la humildad de María y ha puesto en ella su morada durante nueve meses, antes de salir de ella en Belén, como sol que nace dispuesto a ser la luz de las naciones!
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Su venida a este mundo fue muy discreta, como la lluvia que cae mansamente sobre el cesped, como el rocío mañanero que refresca la tierra sin hacer ruido. Apenas unas cuantas manifestaciones, a muy pocas personas: a María, la primera; luego a José, y a Isabel, y a Juan todavía por nacer, a los pastores de Belén, a los magos de Oriente, a Simeón, y a Ana, antes de la huida a Egipto. ¿Y luego? Nada. Como cuando cae la lluvia o la nieve y se la traga la tierra. Aparentemente nada.
Sin embargo, esos treinta años de anonimato y de silencio (diez veces más que los tres años de vida pública en Palestina) tienen que tener algún significado. ¡Cómo es posible que el Hijo de Dios venga a salvar la humanidad y se pase la mayor parte de su vida terrena escondido en una perdida aldea de Galilea, teniendo tanto que hacer! ¿Tendremos que preguntarnos, como hacen muchos, al ver tanta desgracia entre nosotros: ¿Y Dios qué hace? ¿Donde está Dios? ¿Por qué Dios no interviene? ¿Por qué calla?
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Yo creo, sin embargo, que Jesucristo nunca ha estado callado. Es verdad que durante treinta años no predicó, no hizo discursos, no contó parábolas, no enseñaba al pueblo, ni siquiera manifestó a nadie su condición de Hijo de Dios y de Mesías. Pero él, siendo, como era, la Palabra de Dios hecha carne, en ningún momento dejó de hablar al mundo con su presencia pobre en medio de nosotros, con su obediencia permanente a la voluntad del Padre, con su sometimiento a María y a su padre adoptivo José, con su trabajo humilde en el taller de Nazaret, con su mirada compasiva a todas las realidades humanas que veía a su alrededor, con su intercesión callada por los enfermos, los pecadores, los pobres, los necesitados, los poderosos...
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Ahí está, creo yo, la gran lección del Silencio de Dios, ese Dios humilde que no viene a romper ni a destruir nada, sino a reconstruir viejas ruinas, a suscitar esperanzas, a sembrar semillas de bien a su paso, a compartir nuestros avatares diarios, a solidarizarse con todo hombre, rico o pobre, justo o injusto, sin rebeldías, sin amenazas, sin exigencias, sin imposiciones, enseñándonos de ese modo caminos nuevos de liberación jamás imaginados: los caminos de la paz, de la mansedumbre, del sometimiento a toda criatura por amor, de la oración confiada, del trabajo hecho con cariño, de la armonía familiar, de la discreción, de la grandeza de las cosas pequeñas y sencillas y humildes...
Cuando Jesús dijo: "Si el grano de trigo no muere no da fruto", se refería, sin duda, a su próxima pasión, pero también se estaba refiriendo a esa "muerte" lenta de quien entrega diariamente su vida al Padre y a los otros por amor; de quien se humilla para ser ensalzado, de quien se hace el último para ser el primero en el reino. ¡De nuevo la humillación de Dios! ¡Cuánto nos cuesta entender el gran misterio de la Encarnación de Dios! Ese misterio que hacía exclamar a Francisco: "¡Mirad, hermanos, la humildad de Dios!" Cómo nos resulta difícil aceptar que Dios no es aquel Dios terrible y lejano del Antiguo Testamento, sino el Dios Padre y Hermano del Nuevo.
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Mi invitación hoy para ti, amigo o amiga que lees estas líneas, es que aprendamos a meditar y a contemplar, como María, el misterio de Jesucristo y de su vida oculta en Nazaret. Dos veces nos dice San Lucas en su evangelio que María, en aquellos años que tuvo a Dios escondido en su casa, "guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón". María en Nazaret no tenía necesidad de leer la Biblia. Le bastaba con observar a su Hijo, contemplar sus gestos, sus actitudes, sus expresiones, su manera de ser y de trabajar, su sumisión humilde a ella y a su esposo José; y meditar su significado y su enseñanza para ella. Lo que María leía era la Palabra viva del Padre que se había hecho carne en ella, y había plantado su tienda en su casa y en medio de los hombres. Nosotros si necesitamos de la Biblia, pero no tanto como objeto de estudio, sino para contemplar, como hacía ella, todo lo que en la Escritura se nos dice acerca del Verbo. Porque cada palabra de Jesús, y cada silencio suyo, es una lección que Dios nos da, para que aprendamos de su Hijo a vivir como hijos suyos. Hay tanto que aprender! Que María nos enseñe a contemplar y a imitar, en medio de nuestras tareas domésticas y del trabajo diario, el elocuente "Silencio de Dios".
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Paz y bien