jueves, 10 de abril de 2008

Bautizados para resucitar con Cristo

Estamos en Pascua, la fiesta de las fiestas para un creyente; porque la fe cristiana tiene como núcleo central la resurrección de Jesucristo. Es la Pascua de Jesús la que da sentido a nuestra fe, hasta el punto de poder decir, con San Pablo: "Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra predicación y vana vuestra fe" (1Co 15,14).
Pero Cristo ha resucitado, y por tanto podemos creer y esperar en su promesa de que también a nosotros se nos resucitará en el último día. Sólo tenemos que creer en él, fiarnos de él, dejarnos guiar por él, y bautizarnos en el nombre de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo.
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Porque, ¿qué es el bautismo, sino una participación sacramental (es decir, "misteriosa") en la muerte y resurrección de Cristo? En algunas iglesias primitivas se han descubierto antiguos batisterios consistentes en pequeñas balsas de agua en forma de cruz, con escalones para bajar en uno de sus brazos, y escalones para subir en el brazo opuesto, no sin antes haberse sumergido tres veces en el agua. Después de lo cual, el nuevo cristiano no se vestía con la misma ropa de antes, sino con una túnica blanca.
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El mensaje de los signos es evidente:

a) La forma de cruz nos recuerda que para resucitar con Cristo hay que morir con él a una vida de pecado, dando muerte al hombre viejo corrompido por el pecado, mortificando y controlando los sentidos y las pasiones que nos pueden alejar del camino de la vida.

b) La inmersión bajo el agua representa la muerte, la bajada al abismo, pues para los antiguos judíos el abismo era el lugar de los muertos.

c) La triple inmersión recuerda los tres días de Cristo en el sepulcro.

d) La salida del agua es el signo de nuestra resurrección como hombres/mujeres nuevos, criaturas nuevas renovadas por la gracia del Espíritu. El bautismo no es un simple lavado superficial. El agua del bautismo, como las aguas del Diluvio y del Mar Rojo, destruyen lo viejo (pecado, esclavitud) y de ella nace algo nuevo (gracia, libertad, hijos de Dios, pueblo de Dios)

d) La túnica blanca y nueva es el signo de esa humanidad nueva renacida del agua y del Espíritu.
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Por desgracia en nuestro tiempo no todos los signos bautismales son tan claros como lo eran entonces, y hay que explicarlos; sin embargo aún perviven:

a) Por supuesto se sigue utilizando el agua como elemento principal del sacramento, aunque en lugar de la triple inmersión se suele derramar el agua tres veces sobre la cabeza del neófito.

b) La unción (= crisma en griego) con aceite nos sigue recordando que el Bautimo nos consagra como miembros de Cristo sacerdote, profeta y rey, y nos hace, por tanto, partícipes de su sacerdocio (somos un pueblo de sacerdotes), de su realeza (somos un pueblo de reyes) y de su misión profética (somos un pueblo profético, llamado a ser portadores de la buena noticia).

c) También se sigue utilizando el signo de la vestidura blanca, pero queda reducido, por lo general, a un paño blanco colocado sobre la cabeza o sobre el pecho del niño (en países católicos la mayor parte de los bautizados siguen siendo niños recién nacidos, aunque está aumentando el número de adultos que se bautizan.

d) La vela que se enciende en el cirio pascual representa la luz de Cristo que ilumina al recién bautizado, transformándolo a su vez en luz del mundo y sal de la tierra (el rito de la sal se dejó de hacer recientemente después de la reforma del Concilio Vaticano II).

e) La oración del Padre nuestro que se reza antes de la bendición final nos recuerda que es el Bautismo el que nos permite exclamar con toda confianza: "¡Abba! ¡Padre!"
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Yo siento mucha pena porque muchos bautizados no son conscientes de su bautismo, de su condición de nuevas criaturas renovadas por la unción del Espíritu Santo, de la fuerza poderosa de Dios que hay en ellos, y que podría hacerles capaces de cualquier cosa. Pero es triste ver a tanto cristiano vivir como miserablemente como un "pordiosero", rebuscando en las cosas de aquí abajo la riqueza y la dignidad que lleva dentro. Es como si al nacer nos hubiesen abierto una cuenta corriente con una fortuna inmensa a nuestra disposición, y luego al crecer no hacemos uso de ella porque nadie nos lo ha dicho. Y vivimos como pobres infelices ignorando que somos los ricos herederos de Dios, Señor de todas las cosas, que se complace en darnos su Reino.
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Si este artículo sirve para que alguien tome conciencia de su condición y empiece a vivir la vida nueva de lo hijos de Dios destinados a reinar con Cristo, ya me daría por satisfecho. Ahí dejo la semilla. ¡Ojalá caiga en tierra buena y florezca en ella el fruto de la Pascua!
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Hermano/a, que el Señor te bendiga y haga de ti una criatura nueva.

miércoles, 20 de febrero de 2008

Pequeño y grande Francisco de Asís

Era más ambicioso que su padre Pedro Bernardone, de quien aprendió el arte del comercio. Un joven agresivo, como se diría hoy, que aspiraba a triunfar en el mundo, a ser rico, famoso y poderoso. Cualidades y medios no le faltaban; por eso intentó lograr sus objetivos por el camino de las armas y la violencia.
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Su carrera militar quedó truncada, sin embargo, no sólo por su inestable salud física, sino, sobre todo, porque alguien le salió al encuentro en el camino, para mostrarle un camino mejor. Hablamos, por supuesto, de Francisco de Asís, el joven que, incluso después de su conversión, siguió siendo ambicioso y voluntarista; porque se puede cambiar de objetivos, pero no de caracter.
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El caso es que Francisco mantuvo siempre altos sus ideales, y lo mismo que de joven soñaba con ser el más grande príncipe, el más rico y el más famoso, después de su conversión lo vemos aspirando a ser "el menor, el último y el servidor de todos". ¿Por qué? Porque entendió bien aquellas palabras de Jesús en el Evangelio, cuando dice: "Quien quiera ser el primero, se haga el último y el servidor de todos".
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Es la paradoja del evangelio: hacerse el último para ser el primero, hacerse pobre para ser rico en el reino de los cielos, vender todo lo que se tiene para comprar la perla de valor incalculable o el campo que esconde un gran tesoro. Francisco entendió que el Señor le proponía un gran negocio y él, como buen comerciante, se arriesgó, lo dejó todo para tenerlo todo; se hizo "menor" para ser el más grande. Y bien que lo consiguió. No le fue fácil, es cierto, tuvo que enfrentarse primero a su padre y a sus paisanos, incapaces de comprender la novedad del Evangelio; tuvo que hacerse violencia para aceptar a los leprosos y vivir como un pobre harapiento; tuvo que defender su ideal frente a algunos hermanos suyos incapaces también de entender la radicalidad del mismo; y, sobre todo, tuvo que vencerse a sí mismo, sus ansias de dominar y de imponerse sobre los demás; pero al final lo consiguió. Por eso hoy Francisco, después de ocho siglos, sigue siendo uno de los hombres más queridos, más admirados, imitados e influyentes del mundo entero, no sólo entre católicos, sino también entre los demás cristianos e incluso agnósticos y ateos.
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No hay duda de que la vida y el testimonio de Francisco de Asís son la mejor prueba de que el Evangelio de Jesucristo no es, como algunos dicen, una utopía, es decir, algo que no existe en "ningún lugar" (eso significa utopía), sino algo que se puede vivir y practicar, y que además funciona. Lástima que, como dijo Jesús: "estrecha es la senda, y son pocos los que dan con ella"; pero ya se sabe que el Señor se complace en manifestar sus secretos a los pobres, sencillos y humildes de corazón, y el secreto de Francisco está precisamente en eso.
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Quiera Dios que este sencilla reflexión mía sirva para que algún joven ambicioso y agresivo entienda y descubra dónde se encierra la verdadera riqueza, el verdadero éxito y el verdadero poder, y sea capaz de venderlo todo para comprar esa perla y ese campo con los que podría realizar sus sueños de gloria y de grandeza.
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Paz y bien.


miércoles, 6 de febrero de 2008

Desnudos y sin máscaras

Se acabó el Carnaval. Muchos ya han guardado su disfraz llamativo y de colores para la ocasión, y han vuelto a ponerse el disfraz de todos los días, ese disfraz gris anodino que adoptamos en nuestra vida diaria. Porque la realidad es que, aunque nos cueste aceptarlo, la vida para la mayoría de nosotros es un permanente Carnaval, un continuo esconderse detrás de una máscara para que el otro no descubra mi verdadera personalidad, mis verdaderos sentimientos, mis pensamientos más sinceros.Dicen los sociólogos y psicólogos que entienden de estas cosas que nos retratamos mucho mejor en Carnaval que en la vida ordinaria. Lo que pasa es que en Carnaval podemos hacerlo, porque la máscara nos garantiza el anonimato. Pero en la vida diaria, cuando todos nos conocen, tenemos que buscar otras estratagemas para seguir escondiéndonos de los demás. ¿Las razones? Se pueden resumir en una sola: miedo a que descubran nuestras miserias o debilidades, y a que nos hagan daño.
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Lo que acabo de decir tal vez explique por qué la mayoría prefiere el Carnaval a la Cuaresma. Porque la Cuaresma, que empieza el Miércoles de Ceniza, es un tiempo en el que se nos obliga a ser nosotros mismos, y a reconocer precisamente nuestra miseria: "Recuerda que eres polvo, y en polvo te convertirás", nos dice la liturgia del día. O bien, esta otra fase: "Conviértete y cree en el Evangelio". Es mucho lo que nos pide Cristo por medio de la Iglesia. Cuando dice que hay que hacerse como niños para entrar en el Reino, nos está diciendo que dejemos a un lado nuestras defensas, armaduras, máscaras, escudos protectores, mecanismos de defensa y todo aquello que nos defiende de las agresiones, pero nos impide ser libres e ir libremente en busca del prójimo para decirte: "Te amo". Aunque eso nos vuelva aparentemente vulnerables, como un niño.
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La Cuaresma es, por tanto, tiempo de desnudarse, de atreverse a dejar a un lado las máscaras hipócritas con las que tratamos de engañarnos a nosotros y a los demás, ofreciendo una imagen falsa de nosotros mismos. Y desnudarse no es sino presentarse ante el Señor tal como somos, con nuestra pobreza, debilidades y miserias, y decirle: "Señor, sólo puedo confiar en tí; tú solo eres mi escudo protector, mi baluarte, mi roca salvadora; sólo tú me puedes despojar del hombre viejo que hay en mí, destruir esos pecados míos que oculto, y revestirme del hombre nuevo nacido de la gracia".
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Los primeros cristianos se desnudaban completamente antes del baño bautismal, y luego, al salir, ya no se ponían la misma ropa, sino que se cubrían con una túnica blanca, signo del nuevo nacimiento: "Eres ya una nueva criatura", dice el sacerdote al recién bautizado, en el momento de imponerle la vestidura blanca.
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La Cuaresma no debería darnos tanto miedo. Si supiésemos de verdad lo que significa, la desearíamos mucho más que el Carnaval, porque el tiempo cuaresmal es un tiempo de liberación, de recuperar la libertad de los hijos de Dios, que no necesitan protegerse contra nada ni contra nadie, porque han hecho del Señor su refugio seguro. ¡Lástima que muchos prefieran seguir viviendo de falsos sueños y de ilusiones vanas, aparentando siempre ser lo que no son, y ocultando siempre lo que de verdad son!
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Mi invitación a tí, amigo o amiga que me lees, es que aproveches este tiempo de gracia que llamamos Cuaresma para quitarte todas las caretas y abrirte al don de la gracia, al don de la libertad que Cristo ofrece gratis a cuántos creen en él y le siguen por la senda estrecha de quien se niega seguir por caminos que no llevan a nada y nos dejan con las manos vacías. Caminemos con Cristo hacia la Pascua liberadora, participando con él en el generoso sacrificio de quien no vive para defenderse, sino para amar a los demás, aún a costa de la propia vida, si fuera necesario. Porque no hay amor sin sacrificio, y "no hay mayor amor que dar la vida por los amigos". Como Cristo.
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Feliz Cuaresma.

lunes, 4 de febrero de 2008

Comunión y devoción eucarística


Acabo de leer la siguiente noticia:

"Recibir Comunión en la mano debilita devoción frente al Santísimo, dice autoridad vaticana. El Arzobispo Albert Malcolm Ranjith, Secretario de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, subrayó que al recibir la Comunión en la mano se produce "un creciente debilitamiento de una conducta devota frente al Santísimo". En su opinión la Iglesia debería reconsiderar el permiso para recibirla de esta forma".

Según la misma noticia, el citado arzobispo no ha hablado como Secretario de la Congregaci´n para el Culto y los Sacramentos, sino que ha expuesto estas opiniones personales suyas, tan discutibles como las mías, en el prólogo de un libro editado en enero por la Librería Vaticana. Por supuesto que son opiniones que merecen todos los respetos, pero yo no las comparto, porque me parece, en primer lugar, que, si es verdad lo que dice, tanto él como yo, y todos los diáconos, sacerdotes, obispos, e incluso el Papa, por el hecho de tocar con nuestras manos a diario el cuerpo de Cristo antes de llevarlo a la boca, estaríamos incurriendo en un "creciente debilitamiento de una conducta devota frente al Santísimo", lo cual me parece sencillamente absurdo.

En segundo lugar, según ese razonamiento, lo que monseñor está diciendo es que los que comulgan en la boca tienen una devoción más robusta ante el Santísimo que los que lohacen con la mano. A mí eso me parece un desprecio a la conciencia de los creyentes, aparte de no tener en cuenta que lo que "contamina al hombre" no depende de la mano o de la boca, sino de lo que sale del corazón, como muy bien dice Jesucristo en el Evangelio. Por eso, uno que comulga en la mano lo puede estar haciendo con una devoción inmensamente mayor que otro que comulgue en la boca, y viceversa.

En tercer lugar, Mons. Ranjit dice que la práctica de la comunión en la mano fue "introducida de manera abusiva y precipitada en algunos ámbitos". Tampoco me parece un argumento razonable. Es cierto que en algunas diócesis y países hubo fieles que se adelantaron a comulgar en la mano antes de que la Iglesia lo autorizara; pero aquello pasó. La Iglesia permitió que los obispos lo autorizaran si lo veían conveniente, y la mayoría de ellos así lo hicieron. De ese modo, con la autoridad de la Iglesia, la comunión en la mano se permite hoy prácticamente en todo el mundo.

En cuarto lugar, por ese camino de retroceso que propone Monseñor, sólo conseguiríamos volver a aquellos escrúpulos que nos inculcaban de niños, cuando casi casi se nos amenazaba con el infierno si tocábamos la hostia consagrada con los dientes. ¡Qué privilegio tendrá la lengua, que no tienen las manos o los dientes!

En quinto lugar, yo no me imagino a Jesucristo diciendo a sus apóstoles: "Tomad y comed", mientras les ponía el trozo de pan en la boca. Eso lo hacen las mamás con sus bebés, o las enfermeras con los enfermos imposibilitados, pero no es práctica común entre los humanos en condiciones normales.

Sabemos, por último, que los cristianos de los primeros siglos no solamente tocaban con sus manos el cuerpo de Cristo, sino que lo conservaban en sus casas para los enfermos y para ellos mismos. ¿Será que le tenían muy poco respeto al Santísimo cuerpo de Cristo por esa práctica que monseñor considera debilitadora de la devoción?

Ya sé que este es un tema inacabable que se presta mucho a la polémica, pero yo pienso que a la Iglesia no le vendría mal ser mucho más conservadora de lo que es, pasando de las innovaciones medievales de la "Cristiandad" a las prácticas y costumbres mucho más antiguas de los primeros creyentes, aquellos que, como nosotros en nuestro tiempo, vivían acosados e incluso perseguidos en un mundo hostil y no perdían el tiempo en discusiones bizantinas e inútiles como esta. Porque de lo que se trata es de vivir el Evangelio a fondo y con todas las consecuencias. Hay todo un mundo ahí fuera que nos observa, y tiene hambre y sed de Cristo. De ese Cristo que se nos ofrece humildemente bajo la apariencia de pan y de vino, en ese misterio eucarístico que hacía exclamar a Francisco: "Mirad, hermanos, la humildad de Dios, y derramad ante él vuestro corazón". Eso es lo que necesita el mundo de hoy: contemplar gustar la humildad de Dios, y no tantas normas absurdas y restrictivas que lo alejan de él.

Con todos mis respetos y disculpas para quienes piensan de otro modo.

domingo, 3 de febrero de 2008

María y el sacerdocio de los creyentes

La fiesta de la Purificación de la Virgen María y de la Presentación de Jesús en el templo que celebrábamos ayer tiene muchas lecturas, y la que quiero referir aquí es, quizás, una de las más importantes.
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Veíamos ayer, fiesta de la Candelaria, cómo José y María se dirigen al Templo de Jerusalén al cumplirse los cuarenta días del nacimiento de Jesús, el primogénito, para ofrecerlo a Dios y rescatarlo con un par de pichones, como establecía la ley. Pero antes del ofrecimiento, la madre tenía que cumplir un rito de purificación legal debido al parto.
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Aparte del buen ejemplo que para todos nosotros, y en particular para todas las familias creyentes, puede suponer la obediencia y docilidad de una familia tan cumplidora, el Evangelio (Lucas, 2, 22-40) va mucho más allá en la intencionalidad del relato.
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Si, como ya comentamos en otros post anteriores, en cada episodio de la infancia de Jesús hay como un anticipo profético de su misterio pascual de muerte y resurrección, en este de la Presentación tampoco podía faltar, y no me refiero solamente a la profecía de Simeón, anunciando a María que una espada de dolor le iba a traspasar el alma.
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No olvidemos que aquí nos encontramos en el templo, en el contexto de un sacrificio. Los dos pichones fueron sacrificados, para rescatar al hijo, según la ley. Y es la madre , después de su purificación, quien presenta al hijo ante el altar. No se necesita mucha imaginación, para entender que María, en ese momento, está anticipando algo que la Iglesia realiza a diario en el sacrificio eucarístico: el ofrecimiento al Padre de su Hijo unigénito, como sacrificio agradable y hostia inmaculada por nuestros pecados y por la salvación de todos los hombres.
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María representa, pues, en ese momento, a toda la Iglesia universal, en cuanto pueblo sacerdotal llamado a presentar al Padre, desde todos los confines de la tierra, una ofrenda pura. Y, puesto que la pureza no tiene que ser sólo cualidad de la víctima, sino también de quien la ofrece, es por eso que María, previamente, se ha sometido a un rito de purificación. ¿Qué sentido tendría, si no, la purificación de quien fue concebida sin mancha y estuvo preservada de todo pecado, si no fuera porque en ese momento no se representaba a sí misma, sino a todos nosotros, creyentes que formamos la Iglesia?
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Dicho eso se entiende mejor ahora por qué, cuando acudimos a nuestras iglesias a participar del sacrificio eucaristico, y sancionamos con nuestro Amén el ofrecimiento que el sacerdote, en nombre de todos, hace al Padre del sacrificio del cuerpo y de la sangre sangre de Cristo, desde al principio hasta el fin de la celebración no cesamos de renocernos pecadores, de pedir perdón por nuestras culpas, y de rogar al Señor que nos haga dignos de estar en su presencia. ¿Acaso no es la Misa también para nosotros un rito de purificación, como lo fue para María en el templo hace dos mil años. Un rito de purificación previo a la participación en el sacrificio de Cristo mediante la comunión de su cuerpo y de su sangre. Y se entiende mejor por qué, en el caso que nuestros pecados sean realmente graves, la Iglesia nos exija también la purificación mediante el Sacramento de la Reconciliación. Pues decía Jesús: "Si cuando vas a presentar tu ofrenda ante el altar te acuerdas de que algún hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda y ve primero a reconciliarte con tu hermano".
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Desde una visión más amplia, la Cuaresma que estamos a punto de empezar no es sino un tiempo de purificación previo a la celebración de los misterios pascuales, es decir, de la dolorosa entrega de Cristo al Padre en la Cena y en la Cruz, y de su gloriosa resurrección. Quien quiera participar de ese misterio de muerte y vida, no tiene más remedio que purificarse, pues nada impuro puede entrar en la presencia del Señor.
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Y no te canso más, amigo que me lees. Espero que estas reflexiones mías te ayuden a ser mejor cristiano, y a vivir con más coherencia tu vida de fe, siguiendo el ejemplo de María y, sobre todo, el de Jesús, porque todos estamos llamados a ser, con ellos, sacerdotes, víctimas y altar, para gloria del Padre.
Que él te bendiga.

sábado, 26 de enero de 2008

Huerto cerrado

Estoy leyendo el "Mariale" o interpretación alegórico-espiritual del Cantar de los Cantares, escrito por San Francisco Antonio Fasani, franciscano conventual nacido y muerto en Lucera, en el sur de Italia (1681-1742). En su interpretación del conocido libro poético de la Escritura, la amada representa a María, y el amado al Señor Dios Altísimo. De ella quiero compartir su comentario al versículo 12 del capítulo 4, para que veamos cómo se puede leer la Escritura con otros ojos, y cómo podemos sacarle a la Palabra de Dios todo su jugo. Porque es así como nos han enseñado siempre a hacerlo los grandes Padres de la Iglesia y los grandes santos, y así es como lo sigue practicando actualmente la Iglesia, en lo que se ha dado en llamar ahora la "Lectio divina", según un esquema muy sencillo: Examen del texto (ver), interpretación del texto (juzgar), y aplicación del mismo a nuestra vida (actuar).
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"Eres huerto cerrado, hermana y esposa mía, huerto cerrado..."
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Un huerto se cierra, bien cerrado, para que no entren los animales y la gente extraña a coger sus frutos. La Virgen María fue un jardín bien cerrado, protegido por Dios; y cerrado por el lado oriental, septentrional y meridional y por el lado de levante, porque "desde el oriente", es decir, desde el instante de su concepción, hasta el "ocaso" de su vida, asi como a lo largo de su existencia, tanto si soplaba el viento del sur de la prosperidad, como si arreciaba el viento del norte de las tribulaciones, María siempre contó con la protección divina: bien cerrada y de manera hermética, para que no entrasen en su alma santísima las bestias del infierno.
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Por eso la expresión "huerto cerrado" se repite dos veces en la alabanza del Esposo divino: "huerto cerrado, en primer lugar, por ser inmune al pecado original; "huerto cerrado", en segundo lugar, por estar muy alejada de cualquier culpa actual. Los extraños, es decir, el mundo, la concupiscencia de la carne, el diablo, no pudieron entrar en su alma, no solamente no manchándola con ningún pecado, sino ni tan siquiera robándole fruto alguno de obra buena, pues ella no decayó jamás en virtud alguna.
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Por eso también es ensalzada como "huerto bien cerrado", protegido de forma poderosa por la protección divina: porque era "hermana" y "esposa" del Altísimo. Hermana, porque el Hijo único de Dios iba a asumir de su purísima carne la naturaleza humana; esposa, porque fue esposa de Dios de tres maneras, en un grado superior a cualquier otro, habiendo sido desposada por él (aplicando la profecía de Oseas) en la fe, en la justicia y en la misericordia (ver Os 2,19-20). En la fe, porque ella sola, más que nadie, fue dichosa por haber creído, como dijo Isabel, exaltando su fe: "Dichosa tú por haber creído que la palabra del Señor se cumplirá" (Lc 1,45); en la justicia, por la perfecta observancia de la justicia legal, de los mandamientos divinos y de lo que solamente se aconseja [en el Evangelio]; en la misericordia, porque la misericordia divina se manifestó en ella de la manera más singular, habiendo sido preservada de toda culpa y colmada de toda gracia. También fue desposada por Dios en la misericordia porque, siendo tan poderosa en virtud de sus méritos, se distinguió por su misericordia hacia los pecadores, hasta ser su Refugio, su Auxilio, y su Abogada.
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Oh Maria, Abogada mía, Refugio mío, única Esperanza de mi alma: por esa gracia singular que has recibido para ser huerto cerrado, hermana y esposa de Dios, consíguenos del Dios altísimo su misericordia. Hemos sido huerto arrasado por los pecados que hemos cometido, y el jabalí salvaje, el animal feroz, ha devorado la viña de nuestra alma. Haz que por tus méritos consigamos de Dios la gracia de ser, desde ahora, huerto cerrado, de modo que ninguna entrada permita a la bestia feroz acercarse para arrasar nuestras almas; más bien, que sólo tu Hijo amado encuentre en él sus delicias, como en un huerto florecido. Amén.

martes, 22 de enero de 2008

La Oración por la Unidad nació franciscana

Se cumplen ahora cien años de la Semana u Octavario de Oración por la Unidad de los Cristianos, que se celebra en todo el mundo del 18 al 25 de enero. Leo que dicha Semana comenzó en 1908 en Graymoor, Valle del Río Hudson en el Estado de Nueva York, por iniciativa de Paul James Wattson, sacerdote episcopaliano, co-fundador con Lurana Mary White, también episcopaliana, de los Hermanos y Hermanas Franciscanas de la Reconciliación, más conocidos como "del Atonement".
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De sobra es sabido la gran admiración y simpatía que Francisco de Asís ha despertado siempre en las iglesias y congregaciones no católicas. No hay más que recordar al luterano Paul Sabatier, que con su "Vie de Saint François" y otras publicaciones contribuyó en aquellos años precisamente a dar a conocer mejor en el mundo la gigantesta figura del Pobrecillo. O las congregaciones franciscanas masculinas y femeninas que existen actualmente en las iglesias luterana y anglicana.
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Wattson era un vigoroso defensor de la unión de las iglesias Católica y Anglicana, de la que forma parte la Episcopaliana, y enfatizaba el papel del Papado en dicha unidad. Entre los pocos de su confesión que compartía sus ideas estaba el Reverendo Spencer Jones, rector de la Iglesia de Inglaterra. Él fue quien sugirió al Reverendo Wattson la idea de dedicar un día del año a orar por la unidad de los cristianos en el mundo entero, y proponía el 29 de junio, fiesta de los Apóstoles Pedro y Pablo. Pero Wattson prefería que fuese una semana entera o, mejor, los ocho días que van del 18 de enero (antigua fiesta de la Cátedra de San Pedro) al día 25 del mismo mes (fiesta de la conversión de San Pablo).
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Un año más tarde, los Hermanos y Hermanas de la Reconciliación o del Atonement se adhirieron a la Iglesia Católica. Y como parte de su compromiso era orar para que se cumpliera el gran deseo de Jesucristo: "Padre, que todos sean uno, como tú y yo somos uno", continuaron a promover la celebración del Octavario. También el movimiento "Fe y Orden" se interesó por la iniciativa, y en 1926 publicó unas "Sugerencias para la Octava de Oración por la Unidad Cristiana". Cuatro años después, el Padre Wattson la llamó "Octava de la Cátedra de la Unidad", para remarcar el papel del papado en la unidad de todos los cristianos. En 1935, el abad Paul Couturier, un sacerdote católico francés, abogaba por una "Semana Universal de Oración por la Unidad Cristiana", en la que los cristianos de las distintas confesiones orasen juntos. Por último, el Concilio Vaticano II dió el espaldarazo al diálogo ecuménico, lo cual repercutió positivamente en favor de la Semana de Oración. Fue aasí cómo la iniciativa del P. Watson se fue extendiendo por el mundo y entre las distintas iglesias y congregaciones cristianas, hasta nuestros días.
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Lo que yo quiero destacar aquí es el espíritu franciscano que animó desde los comienzos esta loable iniciativa que sólo pretende que los deseos unidad de Jesucristo se cumplan, uniendo nuestra súplica a la suya: "Padre, que todos sean uno..., para que el mundo crea..."
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De San Francisco todos conocen su espíritu respetuoso y dialogante con los creyentes de otras religiones. ¿Quién no ha oído hablar de su increible entrevista con el Sultán de Egipto en plena Cruzada, a orillas del Nilo? Menos conocidas son sus relaciones con los herejes de su tiempo, que las hubo. Baste recordar aquel episodio en el que, a un simpatizante de los cátaros que ponía en duda la validez del sacerdocio de un párroco de vida poco edificante, Francisco le respondió con el gesto de besar las manos del sacerdote, por ser manos que, a pesar de sus pecados, tenían el poder de consagrar y administrar el Cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo. Diálogo respetuoso, pero afirmación sin rodeos de la propia fe.
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El tema del diálogo, sin embargo, no se agota en San Francisco. Los franciscanos, ya en el siglo XIII, fueron pioneros en el diálogo con el Islam, trabajaron denodadamente por conseguir la unión de las Iglesias católica y ortodoxa, y con su carácter dialogante y respetuoso lograron implantar la fe católica en China, mucho antes de que Marco Polo pusiera sus pies en aquellas lejanas tierras.
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Los cien años de la Semana de Oración puede ser una buena ocasión para que nos comprometamos también nosotros, a partir de ahora, a implorar con Cristo al Padre que todo lo puede, que todos seamos uno, a ejemplo de la Trinidad, y que se acabe el escándalo de las divisiones entre todos aquellos que creemos en Jesucristo,

lunes, 21 de enero de 2008

El silencio de los corderos

El otro día leía cómo fueron asesinados dos franciscanos conventuales en Perú, a manos de terroristas de Sendero Luminoso. Los ideológos de la organización les habían lavado el cerebro convenciéndoles de que la religión es el opio del pueblo y que los curas son agentes del imperialismo. No les importó que aquellos dos jóvenes misioneros se hubiesen consagrado al Señor renunciando a formar una familia, que hubiesen abrazado una vida de pobreza, que hubiesen dejado todo a miles de kilómetros de allí para dedicarse a servir al pueblo, de que, aparte de anunciar el evangelio con la vida y la palabra, se dedicaran a promover a las mujeres, a atender a los enfermos, o a paliar en la medida de lo posible las carencias de alimentos o de ropa. Es más, tanto les molestaba que repartiesen alimentos a los más necesitados, que la noche que se los llevaron para matarlos volaron con explosivos el almacén de Caritas.
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Testigos de lo sucedido fueron una religiosa, un grupo de jóvenes y otros miembros comprometidos de la parroquia, y todos sus testimonios concuerdan en una cosa: Miguel y Zbigniew no opusieron ninguna resistencia. Como corderos llevados al matadero, de sus bocas no salió una protesta, ni un reproche. Se dejaron maniatar y llevar en sus propios coches al lugar del suplicio. Sabían que Sendero actuaba en la zona, sabían que sus vidas corrían peligro, podían haber escapado de allí, pero prefirieron quedarse, porque eran conscientes de que el pueblo los necesitaba. La noche que fueron a buscarlos a la parroquia, Zbigniew estaba curando la herida de una niña. Le avisaron, pero él respondió: "¿Y qué tengo que hacer? Seguir".
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Por increible que parezca, el Cordero de Dios sigue teniendo seguidores, hoy como ayer. Si él fue llevado al suplicio de la cruz sin abrir la boca, hoy sigue habiendo discípulos suyos que lo siguen fielmente por el mismo camino. Lo mismo que hace 18 siglos, cuando una niña indefensa de 12 años, Inés, fue martirizada en Roma por no querer renegar de su fe. El nombre de esta mártir, cuya fiesta celebramos hoy, viene de Agnes, femenino de Agnus; significa "cordera", digno nombre para quien sacrificó su vida por amor de Aquel que entregó su vida por amor nuestro.
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Y me ha llamado mucho la atención la primera lectura de hoy, porque en ella se cuenta cómo el profeta Samuel, en nombre del Señor, reprocha a Saúl no haber exterminado a los enemigos, y haber permitido que sus hombres recogieran el botín. Saúl trata de justificarse, alegando que parte de los ganados arrebatados al enemigo fueron sacrificados al Señor, pero la justificación no es aceptada: la obediencia vale más que mil sacrificios, responde el Señor por boca de Samuel. Es lo mismo que decía el salmo responsorial de ayer: "Tú no quieres sacrificios ni ofrendas..., en cambio me abriste el oido. Entonces yo dije: Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad". Es lo que hizo Jesús: "Padre, que no se haga mi voluntad, sino la tuya".
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Cristo se dejó arrastrar a la cruz como un cordero mudo. El "Siervo de Yavé" no abrió la boca, porque entendía que esa era la voluntad del Padre. Por eso, sus últimas palabras en la cruz no fueron sino estas: "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu". Los que siguen al Cordero imitan su ejemplo: callan y, como mansos corderos, ofrecen sus manos y su cuello a los verdugos, y se ponen en las manos de Dios, porque saben que es el momento de dar el supremo testimonio (=martirio, en griego) de la fe el Cristo y de la caridad hacia los hombres.
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Si hay algo que me admira de los mártires es la gran fortaleza y serenidad que demuestran en el momento supremo de entregar su vida. No creo que nadie sea capaz de algo así, si Dios no les concediera la gracia de permanecer en paz. Estoy seguro de que el Señor, de alguna manera, los prepara y les anima haciéndoles sentir su presencia. Porque la renuncia a la propia voluntad y la entrega de la propia vida es el mayor testimonio que un cristiano puede ofrecer al mundo, mucho mayor que mil discursos, mucho mayor que mil actividades pastorales, mucho más que mil esfuerzos y compromisos. Por eso se dice que la sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos.
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¿Quiero decir con eso que para ser verdaderos seguidores de Cristo hay que ser mártires? Sí y no. Porque lo importante no es el martirio, sino que se cumpla en nosotros la voluntad de Dios. Y la voluntad de Dios es que estemos dispuestos a sacrificar y entregar diariamente nuestra vida, soportando pacientemente todas las pruebas y tribulaciones por amor del Señor y por amor al prójimo.
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Francisco de Asís lo entendió perfectamente. A un hermano que le preguntó si soportaba mejor su larga y penosa enfermedad que un violento martirio, le respondió: "Para mí, lo más deseable, dulce y agradable ahora y siempre es que se haga en mí lo que más agrade al Señor. Sólo deseo estar de acuerdo con su voluntad y cumplirla, aunque sólo tres días de esta enfermedad me resulten más duros que cualquier martirio. Y no lo digo pesando en el premio, sino por las molestias que trae consigo".
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Que el Señor te bendiga con su paz.

jueves, 17 de enero de 2008

San Antón el de los bichos

Hoy la Iglesia hace memoria de un santo que, como San Francisco, es famoso por su relación con los animales. Hablamos de San Antonio Abad (251-356), el fundador del monaquismo, en cuya vida se mezcla lo real con la leyenda. Su patronato sobre los seres irracionales se basa en algunos episodios legendarios, como el que nos cuenta que, al ir a visitar a Pablo el Simple, anacoreta de la Tebaida, el cuervo que alimentaba a éste con un pan diario, recibió a Antonio con dos hogazas. También se cuenta que, a la muerte de Pablo, Antonio lo enterró con ayuda de dos leones. Asímismo, se dice que curó de la ceguera a unos jabatos que le presentó una jabalina con mirada suplicante. Por último, habiendo sido Antonio un hombre que consiguió dominar las más fuertes tentaciones, en la iconografía tradicional se le representa con un cerdo a sus pies, como símbolo del demonio domado y sometido.
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Fueron esas leyendas las que convirtieron al abad Antonio de Egipto en un santo muy popular y relacionado con los animales. Durante muchos siglos, el día de su fiesta ha sido la ocasión para que los campesinos le encomendaran a él el oficio de bendecir sus animales domésticos: ovejas, cabras, vacas, asnos, bueyes, gallinas, conejos... Hoy, cuando, debido a la drástica disminución de la población dedicada a las tareas agrícolas y ganaderas parecía que esa devoción popular estaba condenada a desaparecer en las sociedades industrializadas, la devoción por el patrón de los animales vuelve a resucitar gracias a los animales de compañía. En muchas ciudades hoy se celebran misas que concluyen con la bendición de perros, gatos, conejitos de indias, pájaros, tortugas, poneys y otros más exóticos, como serpientes, tarántulas, camaleones, y toda clase de bichos. Pero no preguntemos a nadie por qué encomiendan sus mascotas a ese santo, pues no sabrán qué responder.
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Puesto que detrás de cada leyenda hay siempre un fondo de verdad, es posible que el fundador del monaquismo profesara algún afecto especial por los seres irracionales. Me parece, sin embargo, muy triste, que la ignorancia popular, tan amante de las fantasías y mitos, convierta en veterinario celestial a alguien como Antonio, relegando al rincón del olvido lo más importante de su vida, que fue su ejemplar conversión y su vida evangélica.
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La conversión de San Antonio Abad nos recuerda a la de Francisco de Asís. De joven perdió a sus padres, por lo que tuvo que hacerse cargo del patrimonio familiar y de su hermana más pequeña. A los 20 años oyó en la iglesia en evangelio donde Jesús dice: "Si quieres ser perfecto, vende lo que tienes, dalo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo". Antonio decidió ponerlo en práctica a la letra. Abandonó sus riquezas, dejó a su hermana al cuidado de unas monjas, y se retiró al desierto, a llevar una vida anacoreta de contemplación y penitencia. Con el tiempo se fue extendiendo la fama de sus virtudes y pronto se convirtió en maestro para muchos, que se fueron uniendo a él, hasta formar una gran comunidad de anacoretas. La "Vita patrum" o Vida de los Padres del Desierto es una especie de florilegio que ha alimentado la espiritualidad de muchas generaciones en la Iglesia, hasta tiempos recientes, y en ella se inspiraron Francisco y sus compañeros en sus primeros años de Rivotorto y La Porciúncula.
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¡Qué triste me parece que la ignorancia popular haya convertido un testimonio tan grande de vida evangélica comprometida en una folclórica feria de los animales! ¡Qué bueno sería, en cambio, si los creyentes nos tomáramos en serio la vida, los ejemplos y las enseñanzas evangélicas de San Antonio Abad, en una época como la nuestra, en la que nos vemos sometidos, como él, a fuertes tentaciones que nos llueven de todos lados. Hoy el mundo no necesita santos-veterinarios. Lo que necesita son santos-modelos de vida auténticos, como Antonio Abad o Francisco de Asís. Santos que nos guíen por los difíciles caminos de la fe hacia la santidad perfecta.
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Que ellos nos ayuden con su intercesión, porque nosotros, animales supuestamente racionales, somos los más necesitados de sus bendiciones.

domingo, 13 de enero de 2008

Francisco de Asís no fue un ecologista


A nadie le sorprenderá que los ecologistas hayan escogido a San Francisco de Asís como su santo patrón. En dos mil años de historia no ha ha habido en la Iglesia otro santo o creyente que haya amado tanto como él la madre tierra y todas las cosas creadas del universo. Por citar un ejemplo, baste decir que Francisco le tenía dicho a sus hermanos que cuando fuesen a cortar leña jamás arrancaran el árbol o arbusto de raíz, para que pudiera seguir viviendo. De sobra es conocido su amor por los pájaros, su admiración por las flores, y su delicadeza no sólo con todo lo que se mueve en este mundo, sino también incluso con los seres inanimados. San Francisco, sin embargo, no fue un ecologista en el verdadero sentido de la palabra, y voy a explicar por qué.
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Sabemos que el ecologismo actual nació en los años sesenta del siglo pasado, a partir de una nueva conciencia respecto al planeta que todos habitamos. El crecimiento demográfico, la generalización del uso de los motores de explosión a base de combustibles fósiles y la falta de control en los procesos de transformación de los productos industriales habían hecho irrespirable el aire de muchas ciudades y regiones, y algunas personas más sensibles empezaron a percibir el gran peligro que entrañaba la contaminación del planeta, nuestra casa común. Ecología deriva precisamente de la palabra griega "oikos", que significa casa.
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El problema se ha ido agravando con el tiempo, pues aquel proceso de crecimiento demográfico e industrial de los años sesenta sigue imparable y, aunque aún no esté demostrado del todo, muchos atribuyen a dicho fenómeno el cambio climático actual. La razón de ser principal del movimiento ecológico actual es, por tanto, salvar el planeta y sus equilibrios naturales de la continua agresión humana. Y se actúa, sobre todo, por aquel instinto innato de supervivencia que cada persona llevamos dentro.
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Si lo miramos desde ese punto de vista, Francisco de Asís no fue un ecologista. En su tiempo no existía la contaminación, ni había conciencia de cambio climático, ni la naturaleza estaba en peligro. Lo que a él le movía no era el espíritu de supervivencia personal o de la especie humana, sino algo más trascendente, como es la fe. Francisco era un hombre de fe profunda, con una fe de esas que mueven montañas. Creía en el Dios creador del que se habla continuamente en las Escrituras. Y no compartía, por supuesto, el pesimismo de las herejías cátaras que tanto éxito tenían en su tiempo entre la clase burguesa, a la que él pertenecía. Creían los cátaros en el dualismo maniqueo, según el cual Dios había creado las cosas espirituales, y una especie de anti-dios, el diablo, habría creado las cosas materiales. Las consecuencias de esta doctrina eran que que había que salvar el alma, que el cuerpo era una cárcel y un enemigo del espíritu, que había que abstenerse de comer carne y de las relaciones sexuales, que todo lo material era despreciable...
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En contra de ese pesimismo, y plenamente de acuerdo con la fe católica, Francisco entendió las cosas de otro modo: Dios es bueno, es el creador de todo (lo material y lo espiritual), todo lo hizo bueno, hizo la creación y la puso toda en manos del hombre, su criatura más perfecta y amada... En realidad lo que Francisco hizo fue llevar a sus últimas consecuencias dicha doctrina. Su razonamiento era este: si el Dios que nos ha creado a nosotros ha creado también las cosas de este mundo, todo lo que existe a nuestro alrededor tiene un origen común con nosotros, y todas las criaturas son hermanos y hermanas nuestras, porque tenemos un mismo origen.
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Hay, sin embargo, otra razón no menos importante que justifica el gran amor de Francisco por las criaturas. Porque sabemos que Dios, según la Carta a los Hebreos, nos ha hablado a los hombres, es decir, se ha comunicado con nosotros, muchas veces y de muchas maneras desde los tiempos antiguos, antes de que el Verbo, su Hijo único, su Palabra eterna, se hiciera carne y plantara su tienda entre nosotros. Una forma de sus formas de hablarnos ha sido mediante la Escritura. Pero la Escritura, cuando quiere desvelarnos algo del misterio de Dios, recurre muchas veces a imágenes tomadas de la naturaleza. Pues bien, de acuerdo con eso, Francisco ama a las criaturas no sólo porque son sus hermanos y hermanas, sino también porque todas ellas, unas más que otras, le hablan de Dios y le recuerdan a su Hijo Jesucristo hecho hombre y muerto en la cruz por amor a nuestra pobre humanidad víctima del pecado.
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Sólo desde el amor a Cristo encarnado se puede comprender al amor de Francisco por las criaturas. Como cuentan sus biógrafos, cuando ayudaba a los gusanos a cruzar un camino para que nadie los pisara, lo hacía porque le recordaban a Cristo, de quien dice la Escritura: "Soy un gusano, no un hombre". Si se conmueve a la vista de un cordero en medio de un rebaño de cabras, es porque le recuerda a Cristo en medio a los escribas y fariseos en el sanedrí. Si camina con cuidado sobre las piedras, es porque recuerda que Cristo es la "piedra angular" del edificio de la Iglesia que formanos todos los bautizados. Y si alaba al Señor por el hermano sol, es porque éste lleva de él significación. Y así podríamos seguir con tantas otras criaturas animadas o inanimadas que forman parte de este maravilloso universo, que no es sino un reflejo de la gloria, del poder y de la bondad de Dios por nosotros. Sin olvidar también que, por encima de todo, Francisco amaba de manera especial a las personas humanas, por haber sido creadas "a imagen y semejanza" del creador..
¡Ojalá la humanidad entendiera esa gran diferencia entre la ecología moderna y el interés de Francisco por las criaturas! Pero, sobre todo, ¡ojalá aprendiera a ver el universo entero como lo que es: un conjunto de criaturas de Dios que nos hablan de sus perfecciones y de sus maravillas! Seguro que nos volveríamos mucho más respetuosos no sólo con el medio ambiente, sino también con nuestros hermanos los hombres, especialmente los pobres y enfermos, por ser los que más nos recuerdan a Cristo pobre y crucificado.

jueves, 10 de enero de 2008

¿Quién es mi prójimo?


Este bello cuadro de Vincent Van Gogh está inspirado en la parábola del Buen Samaritano, que solamente podemos leer en el evangelio de Lucas 10,25-37: "Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto. Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. Y lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio: al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. Pero un samaritano que iba de viaje llegó a donde estaba él y, al verlo, le dio lástima, se le acercó, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino y, montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó. Al día siguiente, sacó dos denarios y, dándoselos al posadero, le dijo: Cuida de él y lo que gastes de más yo te lo pagaré a la vuelta".
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Jesús contó esta parábola para responder a un letrado que le había preguntado, con intención de ponerlo a prueba, qué tenía que hacer para heredar la vida eterna. Jesús le había respondido con el primer mandamiento del Decálogo: "Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con todo tu ser", añadiendo: "y al prójimo como a ti mismo".
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En realidad, Jesús le había resumido en pocas palabras la Ley de Dios, que en el Antiguo Testamento aparece muy desmenuzada en pequeños y grandes preceptos. Pero el letrado parecía no haber entendido bien, y pregunto: "¿Quien es mi prójimo?".
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La parábola empieza como un hecho de crónica de sucesos: un viandante es agredido por unos delincuentes que le roban todo lo que lleva y le dan una paliza, hasta dejarlo medio muerto. Es algo que pasaba en tiempos de Jesús y que sucede en nuestros días. Nada ha cambiado al respecto. Como también sucede hoy, igual que entonces, que haya personas que al ver a alguien malherido sigan su camino, ya se por miedo, ya por no comprometerse. Jesús con la parábola nos enseña que nuestro prójimo que tenemos que amar es todo aquel que a diario, en cualquier circunstancia, se cruza en nuestro camino.
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Llama la atención en la parábola que los que pasan de largo sean un sacerdote y un levita, y que el único que se detiene a ayudar al malherido sea un samaritano. Los judíos no se hablaban con ellos y los despreciaban porque, según ellos, no vivían la fe con la misma pureza que ellos. Pureza formal, por supuesto, pero no de corazón.
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Ya sé que en un mundo tan materializado como el nuestro parece que no hay más desgracias que las enfermedades y las violencias físicas o el hambre o la muerte del cuerpo. Pero en tiempos de Jesús y durante muchos siglos después, hasta nuestros días, los verdaderos creyentes han entendido que los males espirituales son peores que los materiales, e incluso muchas veces son aquellos males los verdaderos causantes de estos. Por eso la parábola hay que leerla también en clave espiritual.
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Eso es lo que me gustaría destacar aquí, porque una lectura precipitada de la parábola no nos permite captar toda su riqueza de contenido. En ese sentido, el hombre que baja de Jerusalén a Jericó atravesando el desierto podría representar, por ejemplo, a la humanidad entera, que peregrina por el desierto de esta vida, en medio de mil peligros que acechan. Y no son menos peligrosos que unos ladrones violentos la tentación, el pecado y el mal, que pueden dar muerte a nuestra inocencia y a nuestra dignididad de hijos de Dios, hechos a imagen y semejanza suya.
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Es por eso que Dios, no puede permitir que sus hijos amados, es decir, toda la humanidad, mueran espiritualmente. Por eso nos ha enviado a su Hijo predilecto, que ha tomado nuestra condición para hacerse nuestro prójimo y compadecerse de toda miseria humana. Él es, como se ha creido siempre en la Iglesia, el buen samaritano que sale a nuestro encuentro para vendar nuestras heridas con el aceite de la compasión y el vino de su sangre. Él es el que nos deja bajo los cuidados de su Iglesia (el posadero), a la que ha dado la misión de seguir curando a la humanidad de todos sus males, hasta que él regrese con su paga. "Como el Padre me ha enviado, así os envío yo", dijo Jesús a los suyos al despedirse, antes de su regreso al Padre. Es por tanto la Iglesia entera y cada uno de nosotros, sus miembros, quienes debemos imitar a Jesús nuestro maestro, y ser los buenos samaritanos que el mundo necesita, no sólo para atender a los enfermos físicos o dar de comer a los hambrientos de pan, sino para compadecerse de toda miseria humana, empezando por el pecado, y continuando por la ignorancia de Dios, la vida sin sentido, todas las esclavitudes físicas y morales, y tantas heridas del corazón por falta de afecto.
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A ti, amigo o amiga que lees esto, te recomiendo que medites bien esta parábola y procures sacarle todo su jugo, para comprender el gran amor que Dios nos tiene, y el gran amor que nosotros debemos tener por nuestros prójimos, si es que queremos ser imagen y semejanza suya, y si queremos poner en práctica nuestra vida el primero y principal mandamiento.
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Paz y bien.

miércoles, 9 de enero de 2008

Cordero y pastor en el altar...


Redundando en el tema de ayer (Pastor, cordero y pan), gracias a un amigo he descubierto estas antiguas "Letrillas para cantar al Stmo. Sacramento", cuyo autor desconozco, donde con otras palabras, mejor elaboradas y más poéticas que las mías, a Jesús se le llama expresamente, y entre otras cosas: "Pastor, Cordero y Pan", y "Pan nacido en Belén".
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Altísimo Señor
que supisteis juntar
a un tiempo, en el altar
ser Cordero y Pastor:
quisiera con fervor
amar y recibir
a Quien por mí quiso morir.
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Cordero celestial
pan nacido en Belén,
si no te como bien
me resultará mal;
sois todo piedra imán
que arrastra el corazón
de quien os rinde adoración.
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Recibe al Redentor
en un manjar sutil
el pobre, el rico, el vil,
el esclavo y el señor.
Perciben su sabor
si con alma buena van;
porque si no,
en vano comen este pan.
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Venid hijos de Adán
a un convite de amor
que hoy nos da el Señor,
de solo vino y pan;
mas de tan dulce sabor,
de tal gracia y virtud
que sabe, harta y da salud.
(sabe riquísimo
deja saciado
y da una salud celestial)
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Sois muerte al pecador
que no os quiere recibir
o que os recibe mal;
dais el vivir
con fino y tierno amor.
Oh inefable Señor
que en un mismo manjar
sabéis la vida y muerte dar.
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Es Fuego abrasador,
Pastor, Cordero y Pan,
Esposo, Rey, Galán,
Dios, hombre y Redentor.
Prodigio tal mayor
no cabe hallar
ni que nunca-jamás puedas soñar.

martes, 8 de enero de 2008

Pastor, cordero y pan


Litúgicamente la Navidad no termina hasta el domingo que viene, con la celebración del Bautismo de Jesús, aunque las lecturas de estos días nos van introduciendo ya en los comienzos de su vída pública. Por eso he pensado que sería bueno preguntarse por qué el Hijo de Dios y de María nació en Belén, y no en Nazaret, por poner un ejemplo. La respuesta no es una sola, porque Dios, con su providencial sabiduría, ha hecho que esa pequeña población de Judea esté llena de mensajes y de referencias interesantes a la personalidad y a la misión del Niño que tenía que nacer allí "al llegar la plenitud de los tiempos" (Gal 4,45).
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En primer lugar tenemos la conocida profecía de Miqueas : "Y tú Belén, tierra de Judá, no eres la menor entre las aldeas de Judá, pues de ti saldrá un jefe que será el pastor de mi pueblo Israel" (5,1). Esta profecía claramente mesiánica nos recuerda que en aquella pequeña aldea nació un pastor llamado David, hijo de Jesé, que se convirtió en el jefe y rey de todas las tribus de Israel. Si el ángel Gabriel había anunciado a María que el hijo que nacería de ella iba a recibir de Dios "el trono de David, su padre", ¿qué mejor lugar podría escoger para su nacimiento, sino la pequeña ciudad de Belén?
Pero el significado del nacimiento en la ciudad de David no se agota ahí. Podríamos preguntarnos, además, por qué Jesús tuvo que nacer en un establo. ¿Acaso no había lugares mejores y más cómodos en Belén? Muchos dirán, basándose en el relato de San Lucas, que fue por motivo de pobreza, y "porque no había lugar para ellos en el albergue", y es cierto. El hijo de Dios, desde un principio, eligió la pobreza extrema; quiso entrar en el mundo por la puerta trasera, como la mayoría de los mortales, humildemente y sin hacer ruido. Pero hay algo más: el establo de Belén donde nació Jesús debía de ser un establo de ovejas; y en los establos de ovejas es donde suelen nacer los corderos. ¡Qué lugar mejor podía escoger para nacer quien estaba destinado a ser el "Cordero de Dios que quita el pecado del mundo", como dijo de él Juan el Bautista!
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Escribe San Lucas que María "dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en el albergue" (2, 7). En realidad no se dice "pañales", sino "fajas", como se se solía hacer no sólo con los recién nacidos, sino también con los difuntos al ser sepultados. De una manera velada, el evangelista nos está ya anticipando, desde el principio, el sacrificio, la muerte y sepultura de Cristo, como condición necesaria para la salvación de la humanidad. Y el mismo mensaje se esconde también en las palabras del ángel a los pastores: "«No temáis, pues os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor; y esto os servirá de señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre" (2, 10-12).
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Otro detalle que no se nos puede escapar es el del pesebre. Un pesebre es un comedero para animales. La tradición ha representado siempre en el nacimiento de Jesús a dos animales: una mula y un buey. Este detalle, que no está en los evangelios, se basa en una profecía de Isaías, cuando reprocha a Jerusalén la rebeldía contra su Dios: "Conoce el buey a su dueño, y el asno el pesebre de su amo. Israel no conoce, mi pueblo no discierne" (1, 3). Pero lo importante es el hecho de que Jesús sea depositado en el pesebre, porque, en el fondo, se nos está diciendo que él viene como alimento para saciar con su cuerpo y con su sangre a los que tienen hambre y sed de justicia, de paz, de verdad y, en definitiva, de Dios. Encontramos, pues, en Belén, una velada referencia Eucarística que podríamos expresar así: Cristo es el Cordero de Dios que viene para ofrecer al Padre el Sacrificio de su cuerpo y sangre por los pecados de la humanidad, pero también para ofrecerlo como pan de vida y bebida de salvación para cuántos creen en él.
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Y para mayor confirmación de esto último, no hay más que buscar el significado del nombre de Belén: Bet-lehem: "Casa del Pan". No pudo encontrar mejor lugar para nacer quien se presentó a sí mismo como "el Pan de vida".
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Amigo o amiga que lees esto: ya ves cuánta riqueza de contenido podemos sacar de cualquier palabra o detalle de la Escritura. Por eso te recomiendo que te acostumbres a leerla no de prisa, quedándote sólo en la superficie, sino profundizando en cada detalle, porque nada está escrito porque sí, porque en cada detalle hay un mensaje escondido que el Señor quiere que tú descubras, para comprender la altura, la anchura y la profundidad de los planes que Dios ha preparado desde antes de la creación del mundo, pensando en nosotros y en nuestra salvación.
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Te deseo paz y bien.

lunes, 7 de enero de 2008

Contemplar el silencio de Dios


Se acabaron la Nochebuena, la Nochevieja, Santa Claus y los Reyes Magos, el arbolito y los regalos: puro jolgorio, diversión y consumo para unos, y días de fe gozosa y de meditación contemplativa del misterio de Dios que se hace uno como nosotros, para otros. ¡Como no alegrarse, sabiendo que el Hijo de Dios, su Palabra eterna, se ha fijado en la humildad de María y ha puesto en ella su morada durante nueve meses, antes de salir de ella en Belén, como sol que nace dispuesto a ser la luz de las naciones!
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Su venida a este mundo fue muy discreta, como la lluvia que cae mansamente sobre el cesped, como el rocío mañanero que refresca la tierra sin hacer ruido. Apenas unas cuantas manifestaciones, a muy pocas personas: a María, la primera; luego a José, y a Isabel, y a Juan todavía por nacer, a los pastores de Belén, a los magos de Oriente, a Simeón, y a Ana, antes de la huida a Egipto. ¿Y luego? Nada. Como cuando cae la lluvia o la nieve y se la traga la tierra. Aparentemente nada.
Sin embargo, esos treinta años de anonimato y de silencio (diez veces más que los tres años de vida pública en Palestina) tienen que tener algún significado. ¡Cómo es posible que el Hijo de Dios venga a salvar la humanidad y se pase la mayor parte de su vida terrena escondido en una perdida aldea de Galilea, teniendo tanto que hacer! ¿Tendremos que preguntarnos, como hacen muchos, al ver tanta desgracia entre nosotros: ¿Y Dios qué hace? ¿Donde está Dios? ¿Por qué Dios no interviene? ¿Por qué calla?
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Yo creo, sin embargo, que Jesucristo nunca ha estado callado. Es verdad que durante treinta años no predicó, no hizo discursos, no contó parábolas, no enseñaba al pueblo, ni siquiera manifestó a nadie su condición de Hijo de Dios y de Mesías. Pero él, siendo, como era, la Palabra de Dios hecha carne, en ningún momento dejó de hablar al mundo con su presencia pobre en medio de nosotros, con su obediencia permanente a la voluntad del Padre, con su sometimiento a María y a su padre adoptivo José, con su trabajo humilde en el taller de Nazaret, con su mirada compasiva a todas las realidades humanas que veía a su alrededor, con su intercesión callada por los enfermos, los pecadores, los pobres, los necesitados, los poderosos...
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Ahí está, creo yo, la gran lección del Silencio de Dios, ese Dios humilde que no viene a romper ni a destruir nada, sino a reconstruir viejas ruinas, a suscitar esperanzas, a sembrar semillas de bien a su paso, a compartir nuestros avatares diarios, a solidarizarse con todo hombre, rico o pobre, justo o injusto, sin rebeldías, sin amenazas, sin exigencias, sin imposiciones, enseñándonos de ese modo caminos nuevos de liberación jamás imaginados: los caminos de la paz, de la mansedumbre, del sometimiento a toda criatura por amor, de la oración confiada, del trabajo hecho con cariño, de la armonía familiar, de la discreción, de la grandeza de las cosas pequeñas y sencillas y humildes...
Cuando Jesús dijo: "Si el grano de trigo no muere no da fruto", se refería, sin duda, a su próxima pasión, pero también se estaba refiriendo a esa "muerte" lenta de quien entrega diariamente su vida al Padre y a los otros por amor; de quien se humilla para ser ensalzado, de quien se hace el último para ser el primero en el reino. ¡De nuevo la humillación de Dios! ¡Cuánto nos cuesta entender el gran misterio de la Encarnación de Dios! Ese misterio que hacía exclamar a Francisco: "¡Mirad, hermanos, la humildad de Dios!" Cómo nos resulta difícil aceptar que Dios no es aquel Dios terrible y lejano del Antiguo Testamento, sino el Dios Padre y Hermano del Nuevo.
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Mi invitación hoy para ti, amigo o amiga que lees estas líneas, es que aprendamos a meditar y a contemplar, como María, el misterio de Jesucristo y de su vida oculta en Nazaret. Dos veces nos dice San Lucas en su evangelio que María, en aquellos años que tuvo a Dios escondido en su casa, "guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón". María en Nazaret no tenía necesidad de leer la Biblia. Le bastaba con observar a su Hijo, contemplar sus gestos, sus actitudes, sus expresiones, su manera de ser y de trabajar, su sumisión humilde a ella y a su esposo José; y meditar su significado y su enseñanza para ella. Lo que María leía era la Palabra viva del Padre que se había hecho carne en ella, y había plantado su tienda en su casa y en medio de los hombres. Nosotros si necesitamos de la Biblia, pero no tanto como objeto de estudio, sino para contemplar, como hacía ella, todo lo que en la Escritura se nos dice acerca del Verbo. Porque cada palabra de Jesús, y cada silencio suyo, es una lección que Dios nos da, para que aprendamos de su Hijo a vivir como hijos suyos. Hay tanto que aprender! Que María nos enseñe a contemplar y a imitar, en medio de nuestras tareas domésticas y del trabajo diario, el elocuente "Silencio de Dios".
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Paz y bien

domingo, 6 de enero de 2008

Todos los pueblos lo adorarán


Epifanía quiere decir "manifestación". En la liturgia antigua se refería a las tres primeras manifestaciones del Hijo de Dios, el Mesías, al mundo: a los magos de oriente, a Juan en el Jordán, y a sus primeros discípulos en la boda de Caná. Ahora se han separado las tres manifestaciones, de manera que la fiesta de Epifanía se refiere, exclusivamente, a la manifestación del Salvador a los magos de oriente.
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Habrás notado que digo "magos" y no "reyes", porque así está escrito en el Evangelio de Mateo, que es el que nos cuenta este episodio. Lo que ocurre es que dicho pasaje nos recuerda demasiado a ciertas profecías mesiánicas del Antiguo Testamento, que anunciaban una futura afluencia de todos los pueblos de la tierra a Jerusalén, venidos de lejos para adorar al Dios de Israel y rendirle tributo de oro e incienso.
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El salmo 72 (71 en la versión vulgata latina), es uno de los más mesiánicos que existen. Es una especie de súplica y profecía, en la que se pide a Dios que asista "al Rey, al heredero del trono, para que gobierne a tu pueblo con justicia y a tus humildes con rectitud" (vv. 1-2). De ese reino aún por venir se pide "que los montes traigan paz, y los collados justicia" (probable referencia a sus principes y magistrados), y que el rey "defienda a los humildes del pueblo, socorra a los hijos del pobre y quebrante al explotador" (vv. 3-4). Unos versículos más adelante el salmo especifica mejor en qué consiste gobernar con justicia, paz y rectitud: "Él librará al pobre que clamaba, al afligido que no tenía protector; él se apiadará del pobre y del indigente, y salvará la vida de los pobres; él rescatará sus vidas de la violencia, su sangre será preciosa a sus ojos" (vv. 12-14).
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El salmo no se refiere a un rey cualquiera de los muchos que reinaron en Israel y en Judá. Aunque parece inspirarse en el reinado de Salomón, heredero de David y rey pacífico, se pide que sea un rey eterno: "Que dure tanto como el sol, como la luna de edad en edad" (v. 5); que no irrumpa en la historia con violencia, sino mansamente "como lluvia sobre el césped, como llovizna que empapa la tierra" (v. 6); "que en sus días florezca la justicia y la paz, hasta que falte la luna" (v. 7); y que su dominio se extienda a todo el mundo, "de mar a mar, del Gran Río hasta el confín de la tierra" (v. 8).
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La esperanza del salmista y de todo el pueblo de Israel es que ante un rey así se postren todos sus rivales y enemigos (v. 9), "que los reyes de Tarsis y de las islas le paguen tributo. Que los reyes de Saba y de Arabia le ofrezcan sus dones; que se ponstren ante él todos los reyes y que todos los pueblos le sirvan" (vv. 10-11); "que viva y que le traigan el oro de Saba", que recen por él y lo bendigan siempre (v. 15).
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Estos últimos versículos parecen estar inspirados la profecía del c. 60 de Isaías: "tu corazón (Jerusalén) se asombrará, se ensanchará, cuando vuelquen sobre ti los tesoros del mar y te traigan las riquezas de los pueblos. Te inundará una multitud de camellos, de dromedarios de Madián y de Efá. Vienen todos de Saba, trayendo incienso y oro, y proclamando las alabanzas del Señor". Ambas profecías son las que han inspirado la multisecular tradición de llamar "reyes" a los magos de oriente, y de imaginarlos montados en camellos o dromedarios. Aunque no sabemos cuántos eran y se han hecho muchas conjeturas al respecto, ha prevalecido el número de tres, uno por cada don ofrecido: oro, incienso y mirra.
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Los creyentes, por tanto, a la luz del Antiguo y del Nuevo Testamento, vemos en la adoración de los magos el cumplimiento de las profecías referidas al futuro rey eterno descendiente de David, y de lo que el ángel Gabriel anunció a María: "Él será grande, será llamado Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la estirpe de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin" (Lc 1, 32-33).
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El cumplimiento, sin embargo, es aún parcial. Son muchos todavía los pueblos que desconocen al Salvador y no lo reconocen como Señor. Se nota, incluso, en nuestro tiempo, un retroceso del reinado del Señor Jesucristo, puesto que naciones enteras que antes se consideraban cristianas, empezando por sus gobernantes, han renegado de su fe y se han entregado a dioses falso que no pueden salvar. La promesa, no obstante, se mantiene en pie, y el mundo entero con sus gobernantes a la cabeza, tarde o temprano, tendrá que reconocer que no hay otro Dios que el Dios de Israel y su Mesías Jesucristo, y se postrarán ante él con cánticos de alabanza en sus bocas y dones preciosos en sus manos. Entonces será el reino de la justicia y de la paz en la tierra, cuando todas las bocas canten al unísono: "Bendito sea el Señor, Dios de Israel, el único que hace maravillas; bendito por siempre su nombre glorioso". Hasta que llegue el día en que se acabe la representación de este mundo, y la nueva Jerusalén del Reino que durará siempre descienda del cielo, como una esposa enjoyada para su esposo.
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Bonita fiesta, esta de la Epifanía, no sólo por la ilusión de los niños que esperan con ansia sus regalos, sino también por la ilusión de los verdaderos creyentes, que aguardan con ansia el cumplimiento de las promesas de Dios, mientras se esfuerzan en la construcción de un mundo donde reine la paz y la justicia.
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Que el Señor te bendiga y te colme de paz y de bienes.

sábado, 5 de enero de 2008

El mundo es un "nacimiento"


En estas Navidades he tenido oportunidad de ver muchos nacimientos (o belenes, o pesebres, que así se llaman también), de todos los tamaños: desde uno dentro de una pequeña bombilla de apenas 2 centímetros, hasta otro con figuras superiores al tamaño natural; de todos los estilos: españoles, napolitanos, romanos, sicilianos, checos, polacos, africanos, latinoamericanos, tradicionales, modernos...; y hechos con toda clase de materiales: barro, plástico, cartón, papel, piedra, vidrio, jabón, galletas, pasta italiana, corcho, poliestireno, madera, acero, cuerdas, telas...
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Es todo un mundo esto de los belenes, pero hay que reconocer también que el mundo entero es un gran nacimiento. ¿Por qué? Porque, mientras en los belenes se trata de representar de ciel mil maneras diferentes el nacimiento de Cristo y las circunstancias que lo rodearon, el mundo de hoy representa, cada año, aquellas mismas circunstancias.
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Pongamos, por ejemplo, un belén napolitano, que es el más barroco y sobrecargado de todos, con una multitud de personajes que casi no caben en el mismo. Estos belenes no representan el paisaje, ni las costumbres de Palestina, sino el mundo rococó napolitano del siglo XVIII. Un mundo de grandes apariencias, ropajes vistosos con mucho oropel, pero también de mucha pobreza e incluso miseria, de casas medio en ruínas... Sin embargo, mirándolo más allá de lo aparente, en realidad hay poca diferencia con lo que ocurrió hace dos mil años en Belén: el niño de una forastera (inmigrante) que nace en un establo sucio y maloliente, entre animales, en la más grande pobreza, y algunas personas, muy pocas, a quiénes se les ha revelado una buena noticia acerca de ese niño y de la misión que tiene que cumplir en este mundo. Gente sencilla: los pastores, que velan y cumplen bien con su trabajo; y gente inquieta: los magos, que sin creer en el Dios de Israel buscan signos en el cielo y siguen a la estrella, sin miedo a la larga travesía que tienen que hacer por el desierto, antes de llegar y postrarse ante el Hijo de Dios, entronizado sobre las faldas de María.
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Como en los nacimientos napolitanos, en Belén, hace dos mil años, la gente comía, bebía, vendía, compraba, molía, amasaba, pescaba, cultivaba, jugaba, lavaba y tendía la ropa, conducía su carro o su borrico... Y lo mismo sucede en en el mundo actual, porque no es muy distinto al siglo XVIII napolitano o siglo I en Palestina. ¿Qué es lo que vemos, si no, en el tiempo de Navidad? Que siguen siendo relativamente pocos, como los pastores de entonces, los que el día de Nochebuena acuden a las iglesias a adorar al Hijo de Dios. Y también son pocos los que velan de noche como los magos, buscando la luz de Dios y su verdad entre tanta luminaria multicolor y artificial de los adornos navideños y consumistas. Y muy pocos están dispuestos a dejar nada para ponerse en camino y emprender la gran aventura de la fe que podría llevarlos a conocer al verdadero Dios.
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Son multitud, en cambio, los que duermen y velan, los que compran y venden, los que comen y "descomen" (como el famoso "caganet" de los nacimientos catalanes), los que pescan, siembran, cultivan, transportan, muelen, amasan y almacenan (no sólo trigo, sino, sobre todo hoy, poder, dinero y fortunas inmensas). Siempre ha sido así: el mundo en general sigue caminos contrarios al verdadero espíritu de la Navidad, por mucho que se esfuerce en convertirla en una fiesta mágica y sin sentido. Porque la verdadera felicidad es la que nos enseña el Hijo de Dios estos días: dar, darlo todo darse totalmente; empobrecerse para que los otros sean ricos, padecer para que otros sean felices; regalar, más que recibir regalos.
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Quienquiera que seas tú, que lees estas líneas, a ti te toca decidir tu lugar en el gran belén de este mundo: o estas con los distraidos, con los que duermen, trabajan, viajan, comen y beben sin desear nada más; o estás del lado del pesebre, buscando la luz, siguiendo la estrella, adorando al Niño de María, ofreciéndole algo tuyo al Hijo de Dios hecho tierno y pobre por ti.
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Que él te colme de su paz

viernes, 4 de enero de 2008

Mirad la humildad de Dios

"Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón" (Mt 11, 29)
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Decía ayer que a Francisco le gustaba contemplar la humildad del Hijo de Dios en Belén, y su caridad en el Calvario. ¿Quién no recuerda lo que ocurrió en el monte de la Verna, cuando pidió al Señor poder experimentar algo de aquel amor inmenso que llevó a Cristo a ofrecer por amor a nosotros hasta la última gota de su sangre? Francisco quedó traspasado por cinco dolorosas llagas, para que entendiéramos nosotros que no es posible amar de verdad, como Cristo, sin pasar por la humillación y el sufrimiento. ¿Y quién no recuerda aquella Navidad en Greccio, cuando el santo de Asís quiso contemplar, y que todos contemplaran con él, el nacimiento pobre y humilde del Hijo de Dios en una cueva?
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San Francisco es el Santo de la Encarnación del Hijo de Dios. Toda su espiritualidad se centra en la contemplación del gran misterio de todo un Dios que se humilla haciéndose hombre. No olvidemos que tanto "homo" (hombre) como "humilis" (humilde) son palabras derivadas de "humus" (tierra). Francisco, aquel joven ambicioso que soñaba con ser un gran príncipe, descubrió en la humildad de Dios el camino a seguir para llegar a ser verdaderamente grande.
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Dicen los biógrafos que Francisco se tiraba al suelo cuando oía a alguien hablar de la pobreza de Jesús en Belén, o de su Madre "pobrecilla". Dicen que se relamía los labios y se le caía la baba hablando del Niño de Belén. Dicen que los animales que más le conmovían eran los corderos, porque le recordaban a Aquél que por nosotros se dejó llevar al matadero como manso cordero: el Cordero de Dios que con su sangre inocente lava los pecados del mundo. Pero él, en sus escritos, nos invita también a contemplar con él esa otra humillación a la que tantas veces no damos importancia o pasa desapercibida: la humildad de Dios en el misterio de la Eucaristía.
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Francisco dedicó gran parte de su Carta a toda la Orden a ese estupendo misterio. En ella empieza recordando a sus hermanos sacerdotes que "el hombre desprecia, contamina y pisotea al Cordero de Dios cuando, como dice el apóstol, no distingue ni discierne el pan santo de Cristo de otros alimentos o acciones, o lo come en vano e indignamente".
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Luego añade que "si la bienaventurada Virgen es tan honrada, como se merece, porque lo llevó en su útero santísimo; si el bienaventurado Bautista se estremeció y no se atrevió a tocar la cabeza santa de Dios; si se venera el sepulcro donde yació algún tiempo, ¡cuán santo, justo y digno debe ser quien toca con sus manos, recibe en el corazón y en la boca y da a comer a otros no al (Cristo) mortal, sino al eternamente vencedor y glorioso, a quien los ángeles desean contemplar!".
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Por eso invita a sus hermanos sacerdotes a tener en cuenta su dignidad y a ser santos, "porque él es santo", y a reverenciar y honrar al Señor Dios, más que a nadie, con ese ministerio. Y le parece "gran miseria y miserable mezquindad" tenerlo delante y estar preocupados, en cambio, por cualquier otra cosa de este mundo.
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Por último, no pudiendo contenerse por más tiempo ante la sublimidad del misterio de la transformación del pan y del vino en el verdadero cuerpo y la verdadera sangre de Jesucristo, exclama, lleno de admiración: "¡Oh altura admirable y estupenda dignación! ¡Oh humildad sublime! ¡Oh humilde sublimidad, que el Señor Dios del universo e Hijo de Dios se humille de ese modo, hasta esconderse en un pequeño trozo de pan, por nuestra salvación!"
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Y, dicho esto, invita a todos a ser humildes como Dios es humilde: "Mirad, hermanos, la humildad de Dios y derramad ante él vuestros corazones; humillaos también vosotros, para que él os ensalce. Nada vuestro, pues, retengáis para vosotros, para que os acoja totalmente quien se ofrece totalmente a vosotros".
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Cuando aún nos quedan unos días del tiempo lítúrgico de Navidad, concluyo esta reflexión de hoy invitado a todos a reflexionar estas palabras de Francisco, y a contemplar cada día, como hacía él, la humildad de Dios, manifestada un día en Belén, otro día en el Calvario y, a diario, desde hace dos mil años, ante nuestros ojos, en el Sacramento de la Eucaristía. Tal vez así consigamos entender, como lo entendió Francisco en su tiempo, qué es lo que realmente quiere Dios de nosotros.
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Paz y bien.